CAMALEÓN

Por Alfredo Bielma Villanueva

La generación de jóvenes formados en el vasconcelismo, aquellos idealistas que apoyaron a José Vasconcelos en su aspiración por ser presidente de la república y desafiaron la peligrosa represión orquestada desde los sótanos de un gobierno que no iba a permitir le arrebataran el poder soñaban con un México diferente al que veían; era un sueño muy propio de los años juveniles. Nutrían su inteligencia con buena lectura y la combinaban con un activismo romántico, uno de ellos llegó a la presidencia de la república, López Mateos; otros fueron hombres de letra, unos más ocuparon destacados cargos públicos, su lugar común lo declamaban: “estamos limpios de prevaricación y sangre”.

Mauricio Magdaleno narra con magistral prosa las peripecias de estudiantes enceguecidos por la luz resplandeciente que veían en Vasconcelos, su paradigma político. No los arredró el asesinato de Germán del Campo, la desaparición de compañeros de lucha, tiempo después encontrados semienterrados con señas de haber sido torturados. Fue el año 1929 de intensa lucha electoral con un Vasconcelos a quién acusaban de egoísta, pero la luz cegadora de su prestigio impedía verlo así a los estudiantes. Desaparecidos, fragor político electoral, gente absorbida por la necesidad de un cambio, inseguridad pública, nos identifican de alguna manera con aquella época de refulgente destello histórico.

Pero más aún el ideal: “limpios de prevaricación y sangre”. Así lo escribe Mauricio Magdaleno narrativamente en “Las palabras perdidas”, donde refiere los sucesos del movimiento vasconcelista cuya influencia permeó al interior de la república mexicana e influyó en la conciencia generacional de jóvenes del llano y sierras mexicanas. De allí habrá abrevado el profesor Rafael Arriola Molina para ilustrar su ofrenda oratoria en las exequias del licenciado Rafael Murillo Vidal (+noviembre de 1986), uno de los mejores gobernadores de la entidad veracruzana (1968-1974).

“Rafael Murillo Vidal cumplió su mandato con honestidad y decoro, y se fue limpio de sangre y oro…”, pronunció el profesor Arriola Molina ante un silente auditorio que así despedía a quien gobernó con sabia prudencia Veracruz y murió en la clínica del ISSSTE en Xalapa. Su bien amada Córdoba es su final morada.

Cito el caso porque representa la distancia sideral entre un gobernante ejemplar y los depredadores de los últimos años. “En los nidos de hogaño ya no hay pájaros de antaño”, recita con maestría Cervantes de Saavedra en su inmortal Quijote, cuánta coincidencia con nuestro entorno. También la diferencia es de proporciones siderales. ¿Qué pasó en Veracruz? ¿Por qué sucedió?

Es bien sabido que en política los relevos generacionales son cíclicos y fatales, es decir ineludibles, aunque no necesariamente ocurren cuando tienen que suceder por la intervención de circunstancias imponderables, que nunca faltan. “Técnicamente” Fidel Herrera Beltrán era el borde de una generación que se iba y por lo tanto le correspondía entregar la estafeta a una nueva generación, y sin duda lo hizo, pero muy a su estilo, uno en el que no aparece el interés social sino el individual patrimonialista.

Fidel Herrera, hombre dotado de privilegiada inteligencia, que le permitió confeccionar sólida cultura, aunque de facundia hiperbólica, hace honor a aquello de que natura da por un lado pero quita por otro; lo demostró con su deficiente manejo de la función pública, si administrar es gobernar es evidente que Fidel está negado para ese propósito. Pero le correspondía el cambio generacional en beneficio de Veracruz y lo tiró por la borda, una perversa acumulación de intereses lo orilló a tomar la decisión incorrecta y errónea.

Tuvo la oportunidad de entregar el poder a José Yunes Zorrilla pero este no cubría el perfil para realizar su propósito transexenal; tampoco Héctor Yunes le convino y se inclinó por uno de sus “discípulos”, el más adecuado para sus planes, y en ese gran pecado lleva la penitencia histórica porque el grupo de jóvenes que formó en la cultura del patrimonialismo político sangraron y saquearon a Veracruz, es una generación perdida en todos sentidos (y podrida por el abrupto tránsito de lo verde a maduro), nada de rescatable hay en esa camada.

Sin embargo, la fatalidad cíclica es ineludible, el cambio generacional solo se pospuso en Veracruz y ahora le corresponderá al gobernador Miguel Ángel Yunes Linares entregar la estafeta al representante de una nueva generación: a José Yunes Zorrilla, a Miguel Ángel Yunes Márquez o a Cuitláhuac García; ahora sí, solo un imponderable catastrófico inimaginable podría evitar el relevo generacional. Paradojas del destino incógnito: la vida juntó a ambos protagonistas, Fidel y Miguel, la historia los enmarca en la relación de gobernadores veracruzanos, pero el destino, el perfil de cada cual los desunió, no obstante uno concluye el círculo del eterno movimiento porque el otro no quiso, no supo o no pudo llevar a cabo tan magnifico hito histórico.

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