Dialogando
Abel Domínguez Camacho

Nací y crecí en Veracruz puerto, tengo excelentes recuerdos de mi estancia hasta terminar la secundaria, momento en que opté por la capital del estado para continuar mis estudios. Mis padres nunca pensaron en migrar hacia otros lares, porteños hasta las cachas, él marinero hasta el 56 y a partir de entonces, jornalero de los muelles del puerto de Veracruz, hasta la requisa del pinche pelón de Salinas, solía decir mi viejo; ella, mujer que renunció a su interés propio para dedicarse primero, al viejo cabrón y, luego a los hijos de la madre.

Como porteño siempre he tenido buenas cosas que decir de mi ciudad natal, recuerdos y anécdotas que me dan identidad porteña; he leído sobre el puerto diferentes expresiones y descripciones de sus personajes, de sus barrios, de su comida, hasta hace menos de una hora empecé a leer,  LA RUTA DE CORTÉS, me salté hasta el capítulo V. VERACRUZ, LA PUERTA ESTRECHA DE MÉXICO, he quedado muy a gusto con la descripción que se hace del puerto, nunca había leído ese modo casi poético de Fernando Benítez, me gustó tanto que decidí transcribir pequeños párrafos, va.

Dice Benítez, “Veracruz es una ciudad y es un mar…El paisaje urbano está de tal manera contagiado del paisaje marítimo, que la perspectiva abarca por igual torres y mástiles, árboles y muelles…El primer acto que realizamos en Veracruz es renunciar a la circunspección de la meseta. Tiramos sobre la primera silla la chaqueta y la corbata. Luego, nos desabrochamos la camisa, hecho natural que, de golpe, devuelve a nuestro cuello la libertad tan duramente regateada en las altas ciudades del interior de México”.

Cuando recibo visitas en Xalapa, presumo de mi puerto querido, en la prepa me decían “el Veracruz”, les digo que para decir que se visitó el puerto, habremos de presumir que fuimos al café de la Parroquia (ahora hay opciones) y, tomar un lechero, desayunar unos tirados, bolearte los zapatos y entretanto, leer el Notiver, eso, para mí, sigue siendo una sentencia, de otro modo no puedes decir que fuiste a Veracruz. Benítez me da una muestra, a partir de aquel Veracruz de antaño, de que mi puerto es más que la sentencia descrita por mí y, nos muestra poéticamente la riqueza y calidez que caracteriza al puerto.

Benítez continúa diciendo, “Un vaso de cerveza helada permite saborear mejor la primera docena de ostiones en su concha que se nos sirve entre rodajas de limón. El menú, por sí solo, es una imitación a la sensualidad: jaibas, camarones, cangrejos, langostas. No faltan los percebes olorosos a plantas marinas. Los pescados más finos figuran también en la lista: huachinangos pequeños de escamas sonrosadas; pámpanos de carne tierna y sápida; suavísimas mojarras de río; robalos y esmedregales”.

Continúa Benítez y termino, “Los matices del ajo, del aceite de oliva, la intervención de las salsas de tomate y de “chilpachole”, de las especias ya aclimatadas en el trópico americano, unidos a la fragancia de la nieve de guanábana y del aromático café, forman las principales delicias de la cocina veracruzana”.

Con ese modo casi poético de Benítez para narrar minuciosamente cada detalle de Veracruz, no quisiera parar de compartirles, pero mejor lo dejo para otra entrega. Me fui.