CAMALEÓN

Por Alfredo Bielma Villanueva

Por más de una razón el proceso electoral en marcha encierra características emparejadas con lo inédito, se reflejan en las circunstancias objetivas que han obligado a los partidos políticos a conglomerarse en Frentes electorales y porque participará por primera ocasión una candidata sin partido, también porque el PRI, partido otrora hegemónico, requiere de remontar sus propias circunstancias para ser competitivo, y acentuadamente porque está participando con fuerte convocatoria un partido emergente cuyos métodos de acción encubren un Movimiento político, eso es MORENA.

No es casualidad la denominación de Movimiento a la organización encabezada por López Obrador, pues está revestida como Partido para jugar conforme a las reglas establecidas. Lo que ahora despliega MORENA es la estrategia implementada por López Obrador en el PRD a partir de que en julio de 1996 fue elegido para encabezar ese partido, en ese entonces por estrategia “cachó” a quienes provenían del PRI inconformes por no conseguir candidaturas y la lograron con las siglas del PRD (se les calificó de prófugos); con esa táctica alcanzó éxitos electorales y atrajo para su organización nuevos liderazgos sociales. Ahora, como prueba fehaciente de que nada hay de nuevo bajo el sol esa estrategia la implanta en MORENA López Obrador, sin consulta alguna, porque tal le resultó en las elecciones de 1997, pues entonces el PRD obtuvo el gobierno del Distrito Federal con Cárdenas al frente y un gran número de legisladores federales. Después, en el PRD de Los Chuchos, cuando fue candidato a la presidencia el Peje no pudo aplicar ese procedimiento, tras la derrota de 2012 salió de ese partido y aprovechó la experiencia para crear un Movimiento en el que recibe la diáspora política proveniente de cualquier parte, no importa el rostro ni el pensamiento político porque para el pragmatismo descarnado el único signo que interesa es el voto.

Por otro lado de este proceso encontramos a la inefable partidocracia, protagonizada por el PRI, el PAN, el PRD y la chiquitería partidista que los acompaña, alimentada por la reforma electoral de la década finisecular que otorgó financiamiento público a esas organizaciones, devenidas ya en franquicias familiares o en sociedades de capital variable, a través de las cuales la partidocracia ha sentado sus reales. Ambos fenómenos, el Movientismo de López Obrador y la Partidocracia militan muy lejos del interés de la sociedad, aunque retóricamente el bien común es el lugar común para todos, pues es difícil disociarlo de la liturgia de campañas políticas en donde sin duda permea a granel la simulación política.

Y en medio de este amasijo se encuentra el elemento más importante: la sociedad, representada por una ciudadanía por cuya “voluntad” transita la intención de elegir a los mejores, pero acaso ni idea tiene de lo que mejor conviene. Y no es pueril menosprecio de un status democrático que finca su efectividad decisoria en una mayoría guiada por un sentimiento de enojo social, de pasión obnubilada que tiende al cambio inspirada en contra de lo establecido, como si eligiendo a quien está en contra se resolvieran los problemas. Y cuando la orientación es el cambio por el cambio sin reparar en los detalles, lamentablemente el resultado es de pronóstico nada halagüeño.

Somos testigos: Decepción y desesperanza es lo único que despiertan las listas de candidatos plurinominales que los partidos políticos difunden, nada en ellas da señales de buscar un verdadero cambio, ese que con mucho vigor postula MORENA pero incluso en su nómina los nombres no inspiran credibilidad. Qué decir de las del Verde Ecologista, o de Movimiento Ciudadano. Lo peor es que esos nominados no dependen directamente de la voluntad ciudadana, pues juegan al porcentaje de votos que acumulen en la elección general aquellos que se aventuran por la vía incierta de la mayoría relativa. La única manera de detener esos abusos de la elite política sería una ciudadanía consciente, plena de conocimiento de cuanto ocurre y deseosa de participar en un auténtico cambio político, es decir, la implementación de una eugenesia política a través de la cual solo lleguen los mejores a los cargos públicos.

En la aldea jarocha, que es nuestro universo vital, además de “legisladores”, elegiremos a quien gobernará la entidad durante el periodo 2018-2024, ya se registraron Miguel Ángel Yunes Márquez, José Yunes Zorrilla y Cuitláhuac García, también la señora Sheridan. ¿Quién de entre esa competencia tripartita será el agraciado con la rifa del Tigre? Nada para nadie, aunque ya se formulan hipótesis sobre el posible ganador; hasta una peregrina sugerencia de pactos prestablecidos, sin embargo no debiera ser asunto ligero porque está en juego el futuro de 8 millones de veracruzanos. Cuestión de estrategias, de partidos, de candidatos, de patrón de conducta electoral de la ciudadanía, son muchas variables para intentar atinarle, cuando lo mejor es participar conscientemente, responsablemente viendo siempre la conveniencia de Veracruz.

alfredobielmav@nullhotmail.com

24- marzo-2018.