De Interés Público
Emilio Cárdenas Escobosa 

 

A la hora de escribir estas líneas estaba por realizarse el primero de tres debates entre los candidatos presidenciales y, de no variar las cosas, este ejercicio servirá solo como parte del guión del proceso electoral, sin mayor impacto entre los posibles votantes.

 

Me explico: la pobreza del conocimiento, la falta de lectura de las jóvenes generaciones y la tendencia actual a que la gente –de todas las edades y estrato social- se informe con vídeos y notas, muchas fake news, en Facebook o en Twitter han difuminado el debate de ideas. Y si agregamos que la actual competencia electoral está trazada por las leyes del marketing y los candidatos son productos, caras, sonrisas impostadas, cancioncitas pegajosas, spots insulsos, frases huecas y guerra sucia, pues ya sabemos que los debates servirán de poca cosa.

 

Servirán sí, para que las legiones de cibernautas se diviertan y nos hagan reír con sus ocurrencias, se pongan en friega los bots de los candidatos, nos chutemos mesas y mesas de análisis del post-debate, veamos encuestas y encuestas sobre quién ganó, desde luego con los resultados ad hoc al que la ordena, entre un sinfín de comentarios, titulares de prensa, notas y demás parafernalia. Pero de que influyan realmente los debates, eso está por verse.

 

Por eso pese a lo que han dicho los candidatos y secundan muchos intelectuales y miembros de la comentocracia oficial, aferrados al clavo ardiente de que los debates presidenciales pueden cambiar las tendencias electorales, será muy difícil, escasamente probable, que se acorten las distancias de una elección que parece definida ya en favor de Andrés Manuel López Obrador.

 

Cuan decepcionada está la mayoría que el sentimiento de la gente es simple y llanamente el de tomar revancha, de no querer saber de propuestas que anticipan falsas. Y con ese sentir, las ofertas de campaña, los sesudos programas y mesas de análisis en espacios de radio y televisión, y desde luego los debates organizados por el INE sirven para dos cosas.

 

La decisión está tomada y en la era de las redes sociales es más efectivo un ingenioso meme que el más elaborado mensaje. La gran mayoría no quiere devanarse los sesos en racionalizaciones sobre si es bueno o malo el que haya un nuevo aeropuerto internacional –al fin que millones en su vida viajan en un avión-, o que si el tipo de cambio se impacta por la incertidumbre sobre el futuro económico –y yo sin dinero para comprar dólares-, que si vamos hacia una vuelta al pasado –eso quisiéramos muchos, retornar a un tiempo cuando había mayor seguridad y estabilidad laboral y económica, y menos cinismo y rapacidad entre la clase política.

 

He ahí lo que explica el estancamiento en las preferencias electorales de los candidatos de las coaliciones que lideran el PRI y el PAN. Triste su calavera, ya no les cree la mayoría de quienes están decididos a votar en la elección presidencial. La guerra sucia se les revierte. La estrategia gubernamental de debilitar a Anaya lo dejó con la imagen de un político corrupto y poco confiable y la grisura de Meade y el lastre de Peña y un PRI hundidos en la corrupción los hacen muy poco competitivos entre la población abierta. Solo los que amarraron candidaturas, sus fieles y quienes integran sus organizaciones corporativizadas los celebran. La molestia social por la falta de certezas y el hartazgo los frenan, les pasan las facturas.

 

Andrés Manuel López Obrador mantiene una tendencia ganadora pese a todo lo intentado, o justamente por ello. La estrategia ha resultado fallida.

 

Desesperan en los cuartos de guerra de José Antonio Meade y de Ricardo Anaya. Con todo y la desaseada manera en que incorporaron a la contienda como independientes a personajes impresentables como El Bronco o a Margarita Zavala con todo y sus apoyos irregulares, en desdoro de la credibilidad del Tribunal Electoral y del Instituto Nacional Electoral, para maldita cosa les ha servido. Se han quitado votos entre ellos mismos y no al enemigo público número uno de la aristocracia política y económica del país. Ni el locuaz e inefable Vicente Fox les ha servido para algo, más que para causar pena ajena. Ni el costosísimo aparato mediático ya conocido.

 

El recurso que les queda es el de llevar a cabo una alianza de facto para frenar al tabasqueño o ejecutar una operación electoral de compra de votos e intimidación sin parangón en las elecciones en México para intentar algún salvamento de sus candidatos.  Con el consabido riesgo de conflicto social que ello implicaría cuando el horno ya no está para bollos.

 

La gran discusión que debe iniciarse, en todo caso, es sobre el tipo de gobierno que habrá de encabezar López Obrador. De si tendrá o no mayoría en las cámaras, de si su imparable recorrido rumbo al 1 de julio arrastrará a los abanderados de Morena en los estados donde habrá elección de gobernador, como es el caso de Veracruz donde hay un virtual empate técnico entre las coaliciones PAN-PRD y Morena-PT-PES. De si estamos frente al inicio de una verdadera transición democrática, la que se frustró en el año 2000.

 

Eso es lo que a mi juicio debemos empezar a debatir.

 

Porque el triunfo que se anticipa, con debates o sin debates oficiales, a pesar de nuestras filias y fobias, no es, no puede ser, un cheque en blanco para el líder de Morena.

 

Y demandarlo está en nuestras manos. Si gana, como todo lo indica, debe cumplir lo ofrecido.

 

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