En México aún vivimos en el cuento de que Cárdenas ganó en 1988, pues por pereza mental no revisamos las estadísticas de un Frente de partidos improvisado para postularlo pero sin estructura nacional en que apoyarse y en realidad la votación a su favor no superó el 30% del total, que sin duda fue mayoritaria en el Distrito Federal y Michoacán. Ahora, los actores políticos que protagonizan esta contienda electoral representan cada cual una tendencia, un pensamiento, una intención sobre el México que proyectan, pero para realizarlo requieren el trampolín del voto ciudadano. Corresponde a la ciudadanía dar el visto bueno, orientar con su voto el camino a seguir, si es el correcto o no es asunto de comprobarlo a toro pasado. El problema es que difícilmente habrá voto razonado, como ocurrió en el 2000 cuando se votó en base a un deseo de cambio, pero Fox fue en sí mismo ese cambio sin significado alguno. Ojala en el transcurso de las campañas ciudadanía y candidatos establezcan una relación más que de empatía de convencimiento sobre lo que mejor conviene al país.