La Xalapita
Por Angélica Cristiani

Sentí la fortuna de llegar a la parada y encontrar la combi que me llevaba, ya adentro me di cuenta que no había lugar para ir sentada, así que me tocaba ir doblada, dos calles adelante se desocupó un lugar, por cercanía me tocaba a mi y no dudé en tomarlo, se trataba de un gran lugar pues estaba cerca de la ventana, me permitió reflexionar en que debería usar más seguido el transporte público, pude ver y sentir cosas que cotidianamente no puedo. En la parte de hasta atrás iban tres hombres en sus ojos reflejaban el cansancio de una dura jornada, eso es belleza, sus miradas recias me dieron confort, me permitieron confiar en que somos un pueblo muy trabajador, resistente, sentí mucha admiración, de pronto subió una mujer, ya no había lugar para que se sentara, en su mano llevaba una bolsa de esas que te dan en la carnicería a fin de año, mi conciencia me preguntó: ¿debería cederle mi asiento? mi egoísmo me dijo: “parecemos de la misma edad, las dos estamos cansadas, yo me subí antes y probablemente yo vaya más lejos”, sin pensarlo más le cargué su bolsa para que se pudiera sostener bien del tubo. Seguramente así debe funcionar el poder, cuando lo tienes, ayudar con lo que esté en tus manos para que los demás tengan más seguridad en su andar, vayan a donde vayan.

Junto a mi iba una mujer absorta en su celular, de vez en cuando soltaba una sonrisa un poco chiveada, sus ojos brillaban de enamoramiento, me identifiqué con ella, creo que el amor y la pobreza son condiciones humanas que te permiten sentir compasión por otros. El fin de semana anterior lo había pasado de viaje con mi “peoresnadacasitodo”, estábamos sentados en un restaurant italiano degustando las opciones de la carta, todo bien romántico, miradas melosas, sonrisas bobas, meseros atentos y elegantes nos complacían en una terraza coquetona que daba a la calle. Justo cuando la mesa estaba rebosante de platillos, se acercó un hombre con facha de anciano, ¿estaba arruinando el idílico momento? de su mano colgaba una maleta, de sus pies el cansancio, al verlo a los ojos reconocí esa mirada que provoca el hambre y la devastación, muy respetuoso mendigaba un taco, mi compañero asintió, el hombre se sentó en otra de las mesas, los meseros a la expectativa, yo no supe qué hacer, la realidad es que no tenía dinero para pagarle una cuenta en ese restaurant, saqué de mi bolsa los únicos cincuenta pesos que llevaba y se los dí, el me dijo: no tienes que darme dinero, con un taco me conformo.

En el local de enfrente, había un lugar de comida rápida, gustoso se metió y yo contuve el llanto, aunque en ese momento le había dado todo lo que tenía, sentí mucha impotencia porque sabía que eso serviría solo por unas horas, porque al rato ese hombre volvería a tener hambre, porque yo también he sentido la angustia que produce no tener la seguridad de tener algo para comer en las próximas horas, porque aunque estaba dándolo todo, no estaba haciendo la diferencia. Intenté recuperar el mágico momento, abrí grandes grandes mis ojos para darles más espacio a las lágrimas y que no salieran de mi vista, descansé en la sonrisa amorosa de mi novio. Minutos después salió el hombre de la tienda, sonriente, como si hubiera ganado la lotería, nos dió las gracias empuñando en alto su comida. Rompí en llanto.

¿Qué te conmueve tanto?, me preguntó mi compañero; llanto, llanto, llanto, meseros preocupados, silencio, mocos, reflexión: muchos han sido los intentos por cambiar esta pinche situación, por asegurar que no haya gente comiendo de la basura, porque mujeres dejen de ser violentadas, porque hombres dejen de ser humillados, porque niños tengan acceso a las herramientas que les garantice sobrevivir de una forma digna, y nada basta, siento que he perdido tanto tiempo, que me he desviado preocupándome por discusiones estériles, no he encontrado cómo hacer la diferencia, muchas veces creo que ni para mi. Catarsis, llanto, impotencia, llanto, silencio, meseros sirviendo refresco.

La Ruta 2 es de mis favoritas en Xalapa, me gusta el recorrido que hace, es tan largo que me da tiempo de fantasear con imposibles, sería perfecto si no pasara por el río apestoso de la avenida Mártires 28 de Agosto, pero es inevitable, yo todavía pago descuento de estudiante en el camión, aunque salga un pesito más caro prefiero tomar la combi, tengo la creencia de que es más rápida y además puedo ir viendo los rostros de los demás pasajeros, es como ir de paseo en familia. A la altura de Sayago se desocupó un lugar, la mujer se sentó y yo le entregué su bolso. No podía dejar de mirarla, ¿de dónde viene, a qué se dedicará, dónde se va a bajar?, dejé de ponerle atención porque necesitaba concentrarme en agarrarme bien, ¡cafre al volante!

Pasando el rastro me bajé, me detuve en la tienda para comprar alguna botana, apreté el paso intentando contrarrestar los minutos que tenía de retraso, cual fue mi sorpresa que en medio de la calle iba caminando aquella mujer a la que le cargué la bolsa en la combi, resultó que íbamos en la misma dirección, yo con prisa ella con cansancio, éramos solo nosotras en la obscura calle, sin hablarnos haciéndonos compañía. Nuestro destino no era el mismo, pero era tan cerca el uno del otro que nos permitió compartir hasta el final. Pensaba que un poco de eso se trata la vida.

Hay muchas respuestas que solo con el paso del tiempo podemos obtener, constantemente envidio la certeza que el destino presume tener, pero como dijo Shakespeare: “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”. Y si algo tengo claro es que mientras dure la partida más nos vale jugar con estrategia y tener siempre un As bajo la manga. Lectores míos, mi partida aun no está ganada, no sé cuánto tiempo le quede, pero lleva 31 años ya y mientras haya jugadores, seguiré intentando hacer la diferencia, la mesa está puesta, ¿quién le apuesta?