Desde el Café
Bernardo Gutiérrez Parra

Este lunes José Antonio Meade, candidato del PRI a la presidencia de la República, retó a Andrés Manuel López Obrador y a Ricardo Anaya a un debate sobre la situación patrimonial de cada uno.

Tempranito, a las 6:42 de la mañana, el abanderado tricolor subió a las redes este tuit: Reto a @lopezobrador_ y a @RicardoAnayaC a un debate público sobre nuestra situación inmobiliaria y patrimonial. El que nada debe nada teme. Que todos sepan quién es quién en esta elección. ¿Le entran?

Pero ambos contendientes se rajaron.

Anaya dijo que con todo respeto, pero él debate con quien va en primer lugar y no en tercero. Y Andrés Manuel tampoco le entró: “Mis asesores me han aconsejado que no me enganche, que no conteste a provocaciones. Miren, amor y paz”.

Pero no son sus asesores, éstos le valen gorro al tabasqueño. Son sus doctores los que le han dicho que cualquier coraje le puede causar algo más que un dolor de cabeza.

La madrugada del 4 de diciembre del 2013 López Obrador llegó al hospital Médica Sur con un fuerte dolor en el pecho. Tras diagnosticarlo, los médicos le informaron que traía un infarto agudo al miocardio.

De inmediato fue sometido a una angioplastia y le colocaron un stent, que no es otra cosa que un dispositivo que se introduce en la arteria para mantenerla abierta y que el flujo sanguíneo circule sin problemas.

AMLO salió del hospital pero desde entonces está “tocado”. Es decir, no se puede agitar, no puede hacer ejercicios fuertes, no puede levantar objetos pesados, lleva una dieta casi rigurosa y tiene prohibidísimo hacer corajes.

De por vida deberá tomar diariamente al menos dos medicamentos: Plavix (Clopidogrel) y Seloken Zok (Metropolol), que le ayudan a que la arteria no se vuelva a taponar y su corazón siga funcionando.

Quien tiene el problema de AMLO y deja de tomar esos medicamentos por 48 horas vuelve a sufrir de intensos dolores en el pecho.

Desde entonces el tabasqueño se cuida de no ponerle mucha enjundia emocional a sus discursos; ya no grita con vehemencia frente al micrófono y trata de no agitarse porque se cansa (Dicen que además es hipertenso pero esto no lo pude corroborar).

De ahí que ya no se trence en furiosos duelos mediáticos como lo hacía con Vicente Fox, sino que se la lleva tranquila y calmada. Y hace bien.

Con la ventaja que tiene sobre sus adversarios nada como echarse a la hamaca durante noventa días y desdeñar duelos verbales que lo pueden comprometer y hacerlo enojar.

El problema será si llega a la presidencia y se da cuenta que no es lo mismo Santiago de Compostela que compóntelas como puedas.

Las presiones que deberá soportar como Primer Mandatario serán intensas y recurrentes, diametralmente opuestas a los días de campo en que se han convertido sus mítines.

Si como candidato la ciudadanía le tolera y aplaude sus ocurrencias, eso no sucederá si llega a terciarse la banda presidencial.

Guste o no guste a sus seguidores, votarán por un candidato de 64 años, enfermo y al que habrá que cuidar al máximo para evitarle males mayores.

Es por eso y no porque se lo hayan aconsejado sus asesores, que AMLO dijo no al debate con José Antonio Meade. Sus apariciones se limitarán a lo que estipula el INE; tres debates acartonados donde tratará de no engancharse, no agitarse y sobre todo, no enojarse.

Ah, y tampoco deberá aguantarse los corajes.

bernardogup@nullhotmail.com