Lo que falta por ver es si Margarita Zavala intentará arrastrar el pequeño porcentaje de seguidores que ha logrado hacia alguna de las candidaturas fuertes, Anaya o Meade, o si permanecerá al margen, consolidando la imagen de candidata independiente que intentó construir en las semanas que se mantuvo en la arena electoral, para convertirse en el futuro en una opositora notable.

A quién beneficiará su renuncia parece obvio por la afinidad ideológica que mantiene con Ricardo Anaya, aunque en los meses previos a la definición de candidato panista haya exhibido supuestas diferencias con el entonces líder albiazul, de quien fue víctima, igual que cientos de cuadros directivos que se sintieron pisoteados en la desbordada ambición de Anaya para conseguir la postulación.

El talante femenino de Zavala y su personalidad delicada han generado la idea de honestidad en ella, pero debe recordarse que para lograr la candidatura independiente presentó miles de firmas de apoyo, que primero el INE determinó que eran simuladas y que posteriormente validó.

Lo cierto es que no logró consolidarse como una líder con personalidad vigorosa y un proyecto propio. Además de la injusta proporción de publicidad que le asignó el INE, como hace con los independientes, tuvo su gran oportunidad durante el primer debate. Pero ahí demostró ser una candidata muy limitada, sin brillo, sin ideas novedosas, y aferrada, igual que Meade, Anaya y el Bronco, a convertir los ataques contra Andrés Manuel en los principales lemas de sus campañas.

Tanto si Margarita se decanta por apoyar a José Antonio Meade como si lo hace para favorecer a Ricardo Anaya, revelará que nunca tuvo la independencia que pregonó y más bien su candidatura “independiente” fue planeada para restarle votos al abanderado de Morena, aunque al final las cosas no hayan salido como las planearon.