No es sólo la insípida imagen de José Antonio Meade el factor que lo tiene noqueado en las preferencias de los electores, sino el pésimo equipo diseñado originalmente por Enrique Peña Nieto, al poner frente al PRI nacional a un tecnócrata insensible como Enrique Ochoa Reza, cuyo nulo desempeño como operador electoral se suma al lastre de corrupción que arrastra el priismo.

Dentro de lo destacado que le tocó, las expulsiones de Roberto Borge, César Duarte, Javier Duarte, Tomás Yarrington y Eugenio Hernández, para purgar la imagen de corrupción de su partido, fueron consideradas meros actos mediáticos sin trascendencia en las vidas de esos delincuentes y, peor aún, a Ochoa lo sigue el estigma de haber actuado fraudulentamente para obtener 18 concesiones de taxi en el estado de Nuevo León.

Ochoa Reza es el tipo de burócrata que llegó al PRI sin haber tenido nunca un puesto de elección popular, lo que seguramente influyó en su modo de hacer las cosas, y ahora es designado alguien con capacidades netamente políticas para sustituirlo, René Juárez Cisneros, aunque quién sabe si eso le alcance al PRI para remontar la segura derrota que le espera.

Acaso la presencia de Juárez, antes subsecretario de Gobernación, sea el antecedente de que la vía que seguirá el tricolor será la mapachería electoral, es decir, el empleo de todos los recursos ilegales para intentar robarse la elección a como dé lugar.

Eso o hacer declinar a Meade y sumarse a Ricardo Anaya son los únicos caminos que le quedan.