Por Juan José Llanes Gil del Ángel

EN EL DÍA DEL MAESTRO, SOBRE LA REFORMA EDUCATIVA

En el año 2013, recién promulgada la reforma constitucional al Artículo 3º (que dio origen a la así llamada “Reforma Educativa”), y publicada también la Ley General del Servicio Profesional Docente, iniciamos una serie de reflexiones en torno de lo que el Gobierno Federal proclamó como el avance más importante en la materia, al menos desde Vasconcelos y los libros de texto gratuitos.

El itinerario abarcó charlas, conferencias y mesas redondas de análisis, en las que -invitado que fui por sindicatos, maestros, y organizaciones civiles- expuse lo que alcanzaba a dilucidar de esa reforma. Desde entonces (lo recordarán quienes asistieron), expuse que era una reforma laboral, que no educativa: no se tocaban planes y programas de estudio, ni métodos de enseñanza, ni nada parecido.

El trasfondo era -también lo dije- que el Estado pretendía recuperar su facultad primigenia de poner, mover y quitar docentes, potestad que delegó al SNTE en el contexto de las innombrables e impúdicas componendas de los regímenes priistas con el sindicalismo corporativista que encabezaron Carlos Jonguitud Barrios, primero, y Elba Esther Gordillo, después. ¿Qué mejor manera de tener el control del sector magisterial que, a través del SNTE, definir su posibilidad de tener trabajo y mantenerlo? Y así, cuando el priismo advirtió que Elba Esther se había convertido en un poder fáctico incontrolable, se acordó de sus actos de corrupción (que el PRI y el PAN solaparon), y la defenestró.

Anticipo: no encontré bondades reales en la “reforma educativa (laboral)” del peñanietismo. La idea de que a través de la “evaluación educativa” (forzosa) se garantizaba que la infancia de México accediera a la “calidad” (quinto paradigma de la Educación estatuido en el texto constitucional), es impensable al menos en el corto plazo…

Por el contrario, al proponer la reforma legalizar eso que llamó “autogestión” de las escuelas, supuse un riesgo en el principio de gratuidad: a fin de cuentas, no se trataba sino de legitimar el que los padres de familia sostuvieran (como lo hacen en muchos lados) los centros educativos, so pretexto de abatir el burocratismo, con el consecuente desembarazo del Estado de obligaciones elementales (desde cambiar un foco hasta construir un aula).

La nula habilidad política del régimen trajo consigo que medio país se incendiara, que se polarizara, que se dividiera. Mientras algún sector casi proponía revuelta social para abatir la reforma, otro se dolía de los desmanes; otros más, hacían su agosto: hubo un “amparerío”, contra la reforma al Artículo 3º, a pesar de que desde abril de ese 2013 la nueva Ley de Amparo definía que este medio de control es improcedente contra reformas y adiciones a la Constitución.

Y si otrora el 15 de mayo era el marco para refrendar el lazo entre gobierno y maestros, para anunciar los aumentos salariales, para regalarle a los docentes una quincena, para pregonar inexistentes avances en materia de educación, ahora, este Día del Maestro, la clase magisterial lo conmemora expectante de si será o no el último bajo el esquema de la reforma laboral que les impusieron.

El remate:

Hoy los maestros se desayunaron a Aurelio Nuño (aquel que decía “ler”, que fue titular de la SEP y ahora coordina la desastrosa campaña de Meade), regañando por televisión abierta (en Televisa, claro), a quienes no ven las bondades de la “reforma educativa”, previniendo del riesgo fatal para México el tocarla con el pétalo de una rosa, y conminando a que no se retorne al “pasado”, secundado por los representantes de los candidatos “independientes” y Jorge Castañeda.

Confieso que me asaltó una pregunta: “Ah, chingaos… ¿Qué el pasado no eran ellos?”