Rúbrica

Por Aurelio Contreras Moreno

No puede haber medias tintas en la postura que se debe adoptar respecto de la separación de familias de migrantes indocumentados en la frontera de México y Estados Unidos: se trata de la más execrable acción del gobierno de Donald Trump desde que tomó el poder y debe ser condenada sin ambages, de manera directa y contundente.

Sin exagerar, la decisión de separar a los niños de sus padres y encerrarlos en jaulas, es del mismo nivel que las medidas de segregación adoptadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial en contra de judíos y personas de otras etnias y nacionalidades consideradas “inferiores” por ellos. Es fascismo del peor, del que no se tienta el corazón para asesinar, para cometer genocidio.

Estados Unidos está en su derecho de defender su frontera y de aplicar sus leyes a quien se encuentre dentro de su territorio de manera irregular, sin duda. Pero desmembrar familias por el simple hecho de regodearse en su sufrimiento y tratar peor que bestias a niños, enjaulándolos y exhibiéndolos, es inhumano y quebranta todos los acuerdos y tratados internacionales sobre los derechos de la infancia y de los menores de edad. Donald Trump es un criminal y, por lo menos la historia, así habrá de juzgarlo.

Sin embargo, y en honor a la verdad, no solamente las autoridades estadounidenses vejan, humillan, agreden y violentan a los migrantes indocumentados. En México no tenemos nada de qué presumir. Poca o ninguna autoridad moral tenemos para exigir.

Incontables historias se han relatado sobre el verdadero infierno que padecen los migrantes, en su mayoría centroamericanos, para cruzar México en su afán de llegar a los Estados Unidos. Allá los maltratan y los sobajan. Pero aquí los asaltan, los violan y los matan, sin que en ningún nivel de gobierno les importe un bledo esta situación, que es pública, bien conocida su magnitud y perfectamente identificada en su zona de mayor incidencia geográfica.

Veracruz, para no ir muy lejos, es paso obligado de migrantes centroamericanos al ser ruta del ferrocarril que los conduce al norte del país, conocido como “La Bestia”. Varios periodistas de investigación de la entidad han documentado cientos de las historias de violencia y horror que sufren. El sur y el centro del estado sirven como una gigantesca fosa para los miles de cuerpos de quienes cayeron víctimas de la delincuencia o de las propias autoridades, restos que nadie nunca va a reclamar. La violencia es monstruosa porque la impunidad es peor aún. Reproducción trágica del mal endémico de este país.

El Gobierno de México tardó varios días en fijar una postura ante la medida fascista de Donald Trump luego de que se conociera en toda su real dimensión. Apenas una tibia condena en forma de nota diplomática del canciller Luis Videgaray, justificada en el hecho de que “menos del uno por ciento de los casos corresponde a menores de nacionalidad mexicana”. Como si por ello fuera menos detestable el hecho.

No es de extrañar la abulia gubernamental. No tienen cara con qué reclamar nada. Las abominaciones cometidas contra los migrantes son vergonzosamente compartidas por ambos países.

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