Diego H. Arrazola

 

Durante la discusión y aprobación de la reforma política en el estado de Veracruz del Duartismo, no fuimos pocas las voces que nos pronunciamos en contra de tal proposición por fomentar el anquilosamiento y entronización de personas y sus familias sanguíneas y políticas a través de la reelección a diputados.

Incluso, yo llegué a pensar y sugerir que esto abriría la puerta a la reelección del ejecutivo, ¡como ya está sucediendo en el Yunismo! (No es cierto, ¡cómo creen!, sólo se llaman igual pero no son lo mismo)

Si bien, el uso patrimonialista a través de la “toma del poder” por unas élites de ideología inocua no es nada nuevo ni novedoso, es precisamente eso parte importante de lo escandaloso.

Este tipo de prácticas, las de legalizar usos y costumbres dañinos, es parte de todo eso que debemos cambiar, y que nuestros representantes populares no están consiguiendo entregar, aún con toda la modernidad técnica-legal que existe ahora y de la que dicen trabajar de la mano.

La política patrimonialista en Veracruz no es sólo eso, es también la de los grandes patrimonios económicos que se forjan entre esas personas que dicen que gobiernan, y que nos quieren volver a hacer el favor de gobernar. Otra vez, de nuevo…

Anclado a la historia, y mirando la herencia del poder usando todos los aparatos económicos y  gubernamentales, no queda más que recordar las razones por las que hace poco más de cien años, y aún cien años después, suena cada vez más vigente y razonable la frase “sufragio efectivo, no reelección” y pensar cuánto sentido nos hace ahora.