Línea Caliente

 Por Edgar Hernández*

¡Atropellos y verdades a medias de un gobierno fallido!

A Fernando Gutiérrez Barrios siempre le quedó claro que el éxito de un buen gobierno se sustentaba en el diálogo, la tolerancia y el respeto a la palabra.

Hombre experimentado siempre aceptó la crítica y las reglas de juego que de ella emanaban.

Así y a pesar de su conocimiento adquirido por décadas jamás atajó observación o censura alguna aun fueran contrarias a su postura.

Jamás incumplió a los sectores productivos.

Hombre de compromiso, de una sola pieza, siempre fue un caballero. Jamás faltó al respeto a las damas y su seriedad para la política en ningún momento se confundió con la hosquedad, el desprecio o el grito destemplado.

Menos con la venganza política o la justicia a modo para favorecer sus intereses.

De siempre se dijo de don Fernando que era un político de mano firme con guante de terciopelo. Lo era. Un político de mano firme no de mano dura ya que la mano dura reprime mientras que la mano firme sostiene.

Difícil, más que difícil en su época fue lidiar con los caciques de horca y cuchillo para quienes no tuvo más que aplicarles todo el peso de la ley e imposible permitir el saqueo de las arcas públicas de parte de eternos servidores públicos que se servían en su beneficio. Para ellos cero justicia y gracia.

Durante su mandato hubo tolerancia no ingenuidad.

Diez bandas delincuenciales y el cacique del Sur Cirilo Vázquez Lagunes se fueron al penal de moda en aquel entonces, a Allende, al pretender continuar con sus carreras delictivas permitida por regímenes anteriores.

Don Fernando fue, en esta retrospectiva histórica ante los momentos aciagos que hoy vive Veracruz,  un hombre educado en la formalidad, lealtad y disciplina que le dio el Colegio Militar.

Fue, habrá que insistir, un hombre de palabra. Siempre la honró, siempre.

Cuando se sucedía un acuerdo que no cumplía en estricto sentido con la norma, respetaba “la política la hacen los hombres no las damas de la caridad”, decía y daba por bueno aquello de que lo que se puede pagar en política es barato.

Solo fueron dos años de gobierno en Veracruz. Dos años de desvelos y poco descanso.

En realidad siempre supo que regresaría a México y aun cuando tenía el respaldo del presidente electo Carlos Salinas quien lo invitó a ocupar la Secretaría de Gobernación en 1988, sometió a consulta ciudadana quien convenía más a Veracruz para gobernar los siguientes cuatro años.

Con esa habilidad innata y manejo fino de la política preguntó a empresarios, sectores de opinión, organizaciones sindicales, obrero campesinas y líderes naturales y, por supuesto, su partido quién era el idóneo para sucederlo.

Dante Delgado, Raúl Ojeda Mestre, Julio Patiño y Fernando Córdoba Lobo encabezaban la lista en aquella década de finales de los ochenta. Los hijos de don Fernando no contaban aun cuando a alguno de ellos, a Jorge, le gustaba la política.

Fueron solo dos años, un suspiro, pero dejó tan enorme huella que tras su paso en Veracruz fue ungido como el “Hombre Leyenda”.

A su regreso a México y tránsito por Gobernación el siguiente paso fue el Senado de la República. En el inter, Cuauhtémoc Cárdenas a la sazón jefe de gobierno del Distrito Federal le ofreció la secretaría de Seguridad Pública misma que respetuosamente declinó por su eterna lealtad priista.

Un buen día, hace ya tres lustros, la muerte lo sorprendió dejando un legado de honradez y de ser un firme defensor de la voluntad ciudadana al hacer suya la frase de Francisco Bulnes de “cuando el pueblo dice a mediodía que es de noche hay que empezar a prender las farolas”.

De anécdotas, detalles y verdades históricas estuvo hecha la vida de este hombre cuya mayor ambición no era dejar un gutierrezbarrismo –que no permitió-, ni fortuna mal habida que le fuera echada en cara, menos herencias familiares.

De muy joven Fernando Gutiérrez Barrios guardó y respetó para sí mismo ese juramento yaqui que dice:

“Para ti no habrá sol, para ti no habrá muerte, para ti no habrá dolor, ni sed, ni hambre, ni lluvia, ni aire, ni enfermedad, ni familia. Nada te causará temor; todo ha terminado para ti, excepto una cosa: hacer tu trabajo. En el puesto que has sido asignado, ahí te quedarás para la defensa de tu nación, de tu gente, de tu raza, de tus costumbres, de tu religión ¿juras cumplir con el divino mandato?

Con esas palabras los capitanes yaquis daban autoridad a los nuevos oficiales quienes agachaban la cabeza y respondían: “¡ehui”!

Tiempo al tiempo.

*Premio Nacional de Periodismo