Crónicas urgentes

Claudia Constantino

    En las 50 medidas que el presidente electo acaba de anunciar para combatir la corrupción, ese de su programa de gobierno, no hay lugar para los burócratas, políticos o empresarios desprovistos de sobriedad y honradez. Más que un presidente, nos recuerda a un demiurgo, en cuyo imaginario todo es posible, también un país totalmente diferente al nuestro, vamos, sin mexicanos.

    No parece cuestionarse si es factible instaurar su República Amorosa de la Austeridad, sabe que sus seguidores le creen todo. Aunque comenzará a gobernar el 1 de diciembre, como repiten cual payola sus adoradores, para que no se le cuestione aún asunto alguno, está más que claro cómo desde hace algunos días, ya es quien verdaderamente manda en México.

    Aunque más de 30 millones de mexicanos estén de acuerdo con ese país  en el imaginario del tabasqueño, algunos se preguntarán si tal utopía existe o tiene posibilidades de existir:

    Un México en el que los senadores, diputados y ministros sean de clase media, y los servidores públicos se conformen con sueldos modestos. Porque en las austeras medidas anunciadas, prácticamente nadie tendrá auto, chofere, guardaespaldas, viáticos, boletos de avión de primera clase, seguro de gastos médicos, bonos o una corte de asesores. La amante en turno no podrá gozar de una plaza de secretaria, porque ni secretaria habrá. Los niños ya no serán llevados a la escuela privada de postín por el chofer de la oficina, porque no habrá chofer, ni el sueldo del funcionario alcanzará para pagar dicha escuela.

    La cosa pública volverá a ser pública y no patrimonio exclusivo de los administradores que la regentean. Desde luego, la clase política está aterrorizada. ¿Para qué convertirse en alcalde o diputado si ya no van a salir de pobres? “Es un error vivir fuera del presupuesto”, decían; pero vivir con el presupuesto que propone el nuevo Gobierno ya no es vida, murmuran aterrados. Y si los funcionarios están espantados, los empresarios enriquecidos a mansalva por licitaciones y proveedurías amañadas se sienten protagonistas de una pesadilla tipo Fredy Kruguer.

    Los más optimistas entre las futuras víctimas de la austeridad juran que el país de López Obrador tan solo es un espejismo y que la realidad seguirá prevaleciendo. Confían en que una sociedad que ha convirtió en virtud la consigna “el que no tranza no avanza”, no puede cambiar sus convicciones por decreto presidencial. Según la doctrina del grupo Atlacomulco, edificada en el lema “político pobre es un pobre político” y sustanciada en la filosofía peñanietista de que “la corrupción es cultural”, la honestidad no puede instalarse así nomás.

    ¿Quién tendrá razón? AMLO debe estar pensando en que sus medidas de austeridad pueden imponerse gracias al carro completo que ha conseguido, y a condición de que ejerza en su grupo político la suficiente disciplina. Debe evitar a toda costa que los nuevos funcionarios de Morena respeten las nuevas normas en lo formal, pero encuentren vías ingeniosas para violarlas en la práctica. Incluso así, el problema está en otro lado. Desprovistos de sus incentivos honestos (sueldos, bonos y prestaciones) y deshonestos (abusos y exacciones indebidas), los cuadros más competitivos del sector público emigrarán a otros mercados de trabajo mejor remunerados.

    A menos, claro, que además de imponer este plan de austeridad, López Obrador logre instalar una nueva cultura sobre el servicio público. En la que el funcionario profesional sienta que los bajos salarios quedan compensados por la satisfacción de trabajar por el bien común o, al menos, por el prestigio que un cargo de responsabilidad pueda aportar en beneficio de su carrera.

    En todo caso, se trataría de una visión inédita en los usos y costumbres de nuestra burocracia. No sé si las 50 medidas propuestas sean el principio de la cuarta transformación prometida por López Obrador. Su visión de un gobierno honesto y frugal, es una apuesta nunca antes vista en México. Este presidente se ha apropiado la vieja consigna de Marcuse que marcó el 68: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”.

    Es duro no comer ansias por ver, también, a la clase política jarocha sujetarse a todos estos nuevos preceptos, a esta nueva mística política y económica. Sí que alcanzaría para todo, sí que las personas estarían en sus puestos por convicción y méritos y no por amiguísimos, compadrazgos, equipos políticos o grupos de poder. Imagínese un Veracruz gobernado por Cuitláhuac García y los mejores y más capaces veracruzanos y veracruzanas para ocupar los puestos pronto vacantes. En donde ni uno sólo de los colaboradores sea el pago de un compromiso de campaña, de una deuda política. Así, como cuando México buscó la honradez.

Cualquier comentario para esta columna que recuenta posiciones a: aerodita_constantino@nullhotmail.es