Por David Quitano

“La fuerza de la república radica en su capacidad de integración”

Ikram Antaki

La concepción histórica de las sociedades, en todas sus épocas se ha caracterizado por sufrir coyunturas o fenómenos aleatorios que alteran la inercia, en ocasiones de forma estética y en otras de sustancia.

De estos, los procesos políticos y económicos no se escapan, ya que son el alma motriz del 90% de las interacciones que guían lo referente al sustento y felicidad del individuo.

Partiendo de esa idea, la conformación de un nuevo gobierno acontecido de un proceso democrático conlleva una fuerte dosis de esperanzas, antes de que inicie, fomenta una espiral de anhelos. Me refiero al triunfo avasallador por AMLO-MORENA en las pasadas elecciones del 1 de julio de 2018.

Contexto que se nutrió de un justificado cansancio por parte de la sociedad sobre un cúmulo de arbitrariedades y excesos por parte de la clase política, un alto porcentaje de participación ciudadana y la cúspide del trabajo del ahora presidente electo que mas ha recorrido el país en la historia de un candidato.

Esto nos ha trasladado  hacia una luna de miel frenética, que si bien es justificada, también es cierto que los contextos del enamoramiento político son cada vez mas efímeros, no por la mala voluntad de los opositores, y sí por los contextos de las redes sociales.

Actualmente la capitalización política pende más de la tendencia, que de la trayectoria de sus aspiraciones;¿qué es lo que quiero decir?, que la efectividad del manejo de la imagen para la planeación se vuelve una camisa de fuerza que limita los alcances de un proyecto de nación.

Actualmente existen varias definiciones de política pública,  por ejemplo la más sencilla como la de Dye, que las explica como “aquello que el gobierno escoge hacer o no”, si utilizamos esta definición para conectarla con la idea anterior, podemos observar que lo que el gobierno decida o no hacer, marcará tendencia, la cual se llevará a las puertas de la opinión pública, en caso de no salir del todo librados, comienza la caída del capital político y por tanto las posibilidades de alcanzar el proyecto de nación.

Menciono precisamente esto, porque me apura el fenómeno, hoy es peligroso para las naciones, que el descrédito tome cauces tan fuertes, porque esto comienza a limitar a los gobiernos para responder con políticas públicas a las necesidades coyunturales por encima de la percepción política.

No hay que perder esto de vista, se han depositado muchas esperanzas en AMLO, no sé cuánto tiempo pase para aparezca un caudillo de esa envergadura, con ello muchos que mínimamente han tenido lucha social gozarán por el arrastre y peso específico, mas no por su oficio, y quien vive de prestado pronto salen a relucir sus carencias, esto último -en política- para perjuicio, paradójicamente del pueblo.

Para cerrar, solo me resta decir que si afrontamos la realidad del país con sobriedad, recuperaremos la esperanza. En lugar de convertir la queja en una constante, trabajar para acuñar un mejor espacio de convivencia, al final todos transitamos las mismas calles, y queremos que las cosas salgan bien, con un futuro armónico de progreso, independientemente de qué instituto político encabece los alcances sociales.

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