Ya se ha escrito: “la política es la actividad del hombre en donde mejor se traduce la condición humana”; esta hipótesis se comprueba en cualquier ocasión de la cual resultan un vencedor y un vencido, pues de inmediato quienes días previos a la decisión final juraban fidelidad absoluta a su líder, una vez caído éste se transfiguran, abjuran de sus lealtades y se suman de manera “institucional” al vencedor, gesticulando indignamente. Ganan con esa actitud el desprecio del vencedor, quien de cualquier manera los admite, y la paciente condescendencia del anterior paradigma. Quienes así proceden ignoran la templanza e inherente grandeza de quien sabe perder mirando al sol.