El tema de la designación del fiscal anticorrupción y de las 12 vacantes de magistrados del Tribunal Superior de Justicia de Veracruz es un asunto de valoración respecto de la honorabilidad, tanto de los presuntos candidatos como de sus designadores. Se ha cuestionado ambas cosas, pero sobre los últimos, el juicio tendría que delinearse sobre quiénes son más honorables, los que están o los que vienen.

¿Son más corruptos los panistas y priistas que pretenden elegir fiscal y magistrados para dejar cubiertas las trapacerías del actual gobierno? ¿Son más confiables los morenistas que, al tener oportunidad de designar fiscal y magistrados, podrían proteger al entrante régimen, cuya ejecutoria aún no sabemos qué características tendrá?

Tatemados como estamos los veracruzanos, sabemos que nadie es confiable. Hemos puesto tantas veces nuestras esperanzas en las nuevas opciones, que meter la pezuña al fuego por alguien es insensato.

Sin embargo, los que se van ya dieron de sí. En sólo dos años hemos pasado de la ilusión del cambio, a la decepción del “este tampoco no”. Los que se van tienen muchas y vituperables razones para encubrir, disfrazar y desaparecer las huellas de una pequeña trayectoria de actos corruptos, misma que por fortuna no se prolongó, porque hubiésemos quedado devastados, peor que como nos dejaron Fidel y Duarte.

No nos queda más remedio que confiar en que “ahora sí”, entraremos a una época distinta y mejor con el nuevo gobierno, aunque tal parece que la actual Legislatura del Congreso no está dispuesta a renunciar al pastel.