Por Marcelo Ramírez Ramírez

Algunas de las ideas expuestas en este breve análisis de la victoria contundente de MORENA en las urnas a lo largo y ancho del país, el pasado 1 de julio, recogen datos duros de nuestra realidad política; otras, las planteo como hipótesis para ser examinadas por los lectores.

MORENA irrumpió en estas elecciones con la fuerza de un tsunami; con AMLO al frente, el nuevo partido se reveló como un verdadero fenómeno político sin precedentes en la historia reciente del país. Tal vez  habría que remontarse hasta el movimiento generado por Francisco I. Madero en 1910. Además de un número abrumador de simpatizantes, AMLO tocó las fibras del sentimiento popular, de la emoción por un cambio inminente; la esperanza de un vuelco que promete satisfacer viejos anhelos de justicia.

El contraste de las campañas evidenció desde el principio la diferencia de actitudes y posibilidades de los bandos contendientes. Entusiasmo y optimismo en las reuniones masivas de AMLO; reserva e insistencia en aferrarse a frases poco convincentes para combatir la imagen de AMLO, en sus dos grandes adversarios. La usencia de convicción triunfadora fue notoria en José Antonio Meade, quien con gestos anodinos, desmentía el peso de sus palabras. En el plano de las convicciones políticas se mostró más fuerte Ricardo Anaya Cortés, pero al final no logró posicionarse como esperaba en el ánimo del electorado para disputar el triunfo al tabasqueño. José Antonio Meade, siempre estuvo en tercer lugar, no obstante su empeño de conquistar el sitio de candidato ciudadano,  pretensión que estaba en franca contradicción con el hecho de contar con el respaldo del PRI. Digo PRI, pensando en quienes lo utilizaban, no del priismo, si es que por éste debe entenderse una militancia que anhelaba estar representada en una visión de la política con sentido social que, lamentablemente, hace tiempo fue olvidada y sacrificada en aras del pragmatismo político.

En la primera fase de las campañas, todavía se creía, en los equipos de José Antonio Meade Kuribreña y Ricardo Anaya Cortés, en la posibilidad de desgastar la imagen de AMLO. No sucedió así, porque los argumentos en contra del tabasqueño, de tan sabidos, ya no encontraron eco en la ciudadanía. Las cúpulas políticas comprendieron entonces que la voluntad del electorado ya se había inclinado mayoritariamente por  retirarle su confianza al grupo gobernante y entregarla a una opción diferente. Con el voto, las mayorías también entregaron a AMLO un mandato de elevada responsabilidad ética y política: hacer buen uso del poder.

En el fondo se trata de devolverle, según mi apreciación personal, la credibilidad a la política que vino perdiendo su esencia, consistente en servir al bien común. Afirmo esto, sin olvidar que la política tampoco es la servidora de ideales incontaminados, pues eso sería ignorar que los humanos vivimos en un mundo de intereses que deben procesarse con inteligencia y realismo, para evitar el mal mayor de los enfrentamientos de “todo o nada”. Si me permiten los lectores, la buena política se mueve entre el cielo y la tierra y, ciertamente más cerca de ésta última, pero sin olvidar los fines que la legitiman.

En la segunda etapa de las campañas, la tendencia del voto masivo para MORENA, confirmado por las encuestas, ya no podía ignorarse. Fue entonces cuando pudo darse un acuerdo entre las cúpulas de los equipos políticos de AMLO y Meade, para preparar la llegada del primero al Palacio Nacional. Esto no debe escandalizar a nadie y, personalmente considero que si así fue, resultó una medida indispensable de realismo político, porque además de favorecer a quienes pactaron, evitó daños económicos y políticos al país, asegurando el cambio de poderes dentro de la normalidad democrática. En este escenario se entiende mejor el reconocimiento del presidente de los Estados Unidos Donald Trump, al triunfo de Andrés Manuel López Obrador.

La garantía de estabilidad política y económica para México es un bien supremamente valioso y, repito, da pleno sentido político a la actitud conciliadora de AMLO; de paso, quita preocupaciones al grupo actualmente en el poder, respecto a su suerte futura, algo que no tenían garantizado con Ricardo Anaya Cortés.

¿Qué resta después de las elecciones? Que las promesas de AMLO se concreten en la vida pública del país, repercutiendo en un buen gobierno para el pueblo. Al pueblo le tocará aprender de la experiencia de la alternancia, si esta vez se da como se espera, con todos los alcances que el término implica y no queda, como sucedió con Vicente Fox en una posibilidad frustrada. La cuestión más problemática será erradicar el triunfalismo voluntarista, pues las cosas no cambian con sólo desearlo. A la voluntad del que manda deberá sumarse la participación responsable y vigilante de la ciudadanía; la organización y la disciplina, para que cada sector de la sociedad y cada individuo cumplan su parte. El bien común es también una construcción común de pueblo y gobierno. Con relación a los partidos políticos, éstos deberán recuperar su identidad, donde radica su capacidad de ofrecer opciones diferenciadas. El PAN requiere volver a ser el partido que defienda a la persona humana de los excesos del estatismo o de la idolización de la sociedad, tal como lo propugnó Manuel Gómez Morín. Para el PRI la misión se antoja más ardua; más que reconstruirlo ha llegado la hora de refundarlo. Pero no podrá renacer cobijado por el poder del Estado, que fue su pecado original, sino desde las bases populares, que alguna vez alimentaron su ideología y su programa. Habrá de ser un partido de centro–izquierda, con clara percepción de lo que ha llegado a ser el país, de la globalización y de las alternativas que una política generosa puede ofrecer a las rígidas recetas neoliberales. Para ello le urge   volver a ser un auténtico partido político, no una estructura pensada para tiempos electorales. Debe, en una palabra, volver a ser interlocutor válido de la sociedad, transformando las demandas sociales en políticas públicas. Ese papel por ahora lo acapara MORENA.