El de Miguel Ángel Yunes Linares no fue un régimen caracterizado por su popularidad, por más que el titular del Ejecutivo intentara granjearse el favor público mediante constantes baños de pueblo. Las acciones, sin embargo, desmentían cualquier cercanía con los veracruzanos, empezando porque éstos gobernaban a medias, pues en la estructura estatal predominan los poblanos, defeños, queretanos y hasta tabasqueños.

Sólo entrar, el choleño marcó distancia con la prensa y su área correspondiente se mantuvo completamente ajena a los medios de comunicación, más que omitiéndolos, despreciándolos; los jubilados y pensionados siguen deambulando igual que como hacían en tiempos de Duarte; sus gentes de confianza en el Congreso se dedicaron a gastar, a saquear y a hacer negocios, igual que los duartistas; y por si necesitara más ayuda, las grúas irritaron a miles de personas cuyos autos han sido injustamente arrastrados al corralón y sus dueños expoliados.

Los funcionarios tienen pretensiones de aristócratas, sean los de Educación o los de Finanzas, y no se cumplieron en forma mínima los compromisos con cientos de empresarios que siguen pasando las de Caín porque el gobierno no les paga, pese a los millones que ingresaron al Estado por participaciones federales y por préstamos, porque aparte incrementó la deuda.

No olvidemos a los miles de burócratas que fueron despedidos, muchos sin merecerlo, pero con la injusticia de que los ceses eran para darle espacio a los nuevos e incompetentes funcionarios panistas.

Con todos estos agravantes (y muchos más, que no citamos por falta de espacio) ¿pensaron Yunes y sus aristo-empleados que iban a seguir mandando?