Viernes contemporáneo

Por Armando Ortiz

El gobernador electo, Cuitláhuac García, quiso calmar a los apresurados diciendo que el gabinete de su gobierno lo habría de anunciar hasta noviembre. Los periodistas dejaron de preguntarle sobre el asunto, pero eso no impidió que, desde dentro, los morenistas y neomorenistas se empezaran a mover para buscar butacas de primera fila en la función que está por comenzar. Uno de ellos es Rafael Hernández Villalpando, quien de inmediato empezó a arar en su terreno, haciendo alianzas políticas y periodísticas para que se hablara de sus virtudes y de sus supuestas cercanías con el hombre del momento, Andrés Manuel López Obrador. ¿O usted se cree que han sido casuales las notas periodísticas en contra de quien suena para secretario de Gobierno de la próxima administración? A Rafael Hernández Villalpando debería importarle la diputación federal, pues los votantes le dieron la confianza del voto para que los representara. Pero al parecer para el diputado federal electo, el puesto de elección popular sólo es un trampolín para brincar a otras alturas. Villalpando debería hacer caso a lo que la dirigente nacional de Morena dijo a los diputados electos sobre los valores y la moral; “No pueden traicionar al pueblo, tienen que trabajar de la mano de él cumpliendo con su papel de servidores”. Si Villalpando consigue la Secretaría de Gobierno, al rato va a querer la gubernatura. ¿Qué mensaje Daría a los votantes Morena si sus recientemente electos diputados ya andan buscando acercarse al prepuesto estatal?

¿Quién debería designar al Fiscal Anticorrupción? Si la rectitud del fiscal por designarse fuera inquebrantable, no importaría quien lo designe
Dudar de origen de la legitimidad de un funcionario público que debería estar blindado contra cualquier gesto de desconfianza, es ya una paradoja. Designar a un Fiscal Anticorrupción del que se espera se corrompa a favor de quien lo designó, es otra paradoja. Que lo designe una legislatura saliente, para que la entrante lo renuncie, esa es otra paradoja. La administración entrante solicita a la saliente, vía el líder estatal del partido que ganara las elecciones, que se deje de trabajar, que se dejen las cosas como están, como si el plazo de los dos años del gobierno de Yunes Linares hubiera fenecido el primero de julio; eso no se puede pedir. Lo que se puede pedir es que se actué con responsabilidad y congruencia. La pugna por la designación o no de un Fiscal Anticorrupción no tendría razón de ser en un país donde la política fuese un ejercicio de diálogo y la concertación. ¿Quién debería designar al Fiscal Anticorrupción? ¿Los que llegan o los que se van? Si la rectitud del fiscal por designarse fuera inquebrantable, no importaría quien lo designe. Una vez hecho Fiscal Anticorrupción, el funcionario público estaría a la orden de los intereses de la ciudadanía, no a los intereses de quien lo designó. Si lo designan los que se van, la desconfianza es que se ponga a las órdenes de ellos; si lo designan los que se quedan, la desconfianza es que se ponga a las órdenes de los que se quedan. Entonces, ¿para qué un Fiscal Anticorrupción estigmatizado de origen? Si cabe la prudencia, los que se van deberían dejar que el fiscal lo designe los que llegan; deberían dejar que los ciudadanos emitamos nuestro juicio sobre el actuar del nuevo fiscal.

Armando Ortiz aortiz52@nullhotmail.com