Por JUAN JOSÉ LLANES GIL DEL ÁNGEL

Es incuestionable que el sector más joven (en edad) del padrón electoral es el que decidió quitarle el poder a los Yunes. Quizás esos jóvenes no lo sepan, pero la generación que le antecedió hizo (hicimos) lo mismo, hace casi 21 años, en 1997, cuando el ahora gobernador era priista, en un contexto de paralelismos ineludibles.

Hace 21 años, Yunes dejaba de ser el gobernador de facto (que lo fue durante 5 años ante la ausencia política, anímica y moral de Chirinos), para desbocar su ambición de ser gobernador. Se hacía de la dirigencia estatal del PRI para construir -a partir de la contienda por las presidencias municipales y diputaciones locales- lo que pretendía fuese su candidatura a la titularidad del Poder Ejecutivo. Y operaba la elección, en aquel tiempo como ahora, desde el poder del Estado, con los recursos humanos y materiales del gobierno, y con el erario a su disposición. Nunca fue un error afirmar que al Yunes Linares de 2016 se le había parado el reloj en 1992.

La decisión de los ciudadanos aquel domingo 9 de noviembre de 1997, fue aplastante e infirió al PRI la que fue, hasta ese momento, la peor derrota de su historia. Yunes se delineó como un Anti-Midas, porque si aquel mitológico soberano fue maldecido para que todo lo que tocara se volviese oro, el ex secretario de gobierno fue maldecido para que todo lo que tocara se volviera mierda.

Y hay tantos paralelismos que se desprenden de ahí: el PRI, en manos de Yunes, perdió la alcaldía de Xalapa por primera vez, con Rafael Hernández Villalpando; ahora, el ex rector de la UV le vuelve a ganar, pero esta vez la diputación federal; a Hernández Villalpando lo impulsa, desde la cárcel, Dante Delgado para que fuera candidato del PRD y de su incipiente Convergencia por la Democracia (aún sin registro); ahora, ambos partidos y el propio Dante, compartieron la debacle de ayer, primero de julio, y quedarán con la mácula de la indignidad.

En el ’97 perdió el PRI por primera vez el puerto de Veracruz, a manos del PAN; y es, aquella zona del Estado, de los pocos bastiones que le quedaron a los blanquiazules que pagarán el costo de entregarle la prosapia de su partido a quien, ostensiblemente, los despreciaba. Así pues, en resumen, de los 210 municipios que había hace 21 años, más de la mitad (107) los perdió el PRI: 59 fueron para el PRD; 39 se le quedaron al PAN; 6 los tuvo el PT; 2, el PVEM, y 1 el ya extinto PPS.

La historia demuestra que cuando Yunes se engolosina, pierde.

El primero de julio también le detonó a Yunes Linares una realidad a la que fue refractario durante el año y medio que lleva gobernando: se imaginó a sí mismo como prócer (y exigió trato de tal), y con la realidad distorsionada, supuso que en 2016 ganó él, cuando en realidad la sociedad defenestraba a Duarte y a su pandilla de saqueadores.

Pensó que -sin consecuencias- podía atentar contra el concepto de República y prolongarse seis años en el poder. Ello, pese a las voces que le gritaban (desde su partido, incluso), que no era ético. Aprovechó el resquicio legal que se lo permitía (nada impide que un pariente tan cercano como un hijo se postule para suceder a su padre) y, en más de un sentido, convirtió a su propio vástago en una víctima más de su ambición, colocándolo en el patético papel que siempre hacen los malos perdedores.

Deliró e imaginó que la gente quería que continuara eso que él y su pequeño grupo de propagandistas llamaron “cambio”, que no fue más que distinto diablo en el mismo infierno. Usó inescrupulosamente todo recurso público que tuvo a la mano; articuló una elección de Estado; hizo campaña desde la gubernatura; compró a una grotesca candidata para intentar dividir el voto; amenazó a opositores; recurrió a la guerra sucia; traicionó al candidato presidencial de su partido porque -visiblemente- iba a perder…

Y él perdió también.

Hay razones para temer que no sea la de 2018 una transición tersa; que siga la venganza en un espectro ampliado que incluya a los que le “fallaron”; que su faz más áspera haya estado contenida y que se desate; que los meses que sigan de aquí al 30 de noviembre sean una pesadilla.

Como sea, #YaSeVan