Es socialmente traumático que la enemiga pública número 1 en la historia de México, resulte repentinamente absuelta de todas las causas penales incoadas en su contra, justamente el día en que se cumple uno de los sueños de millones de mexicanos de ver legalizada la presidencia de Andrés Manuel López Obrador.

Aún más, es inevitable relacionar un hecho con el otro por la abierta simpatía mostrada durante su campaña por el jefe de Morena hacia la controvertida líder.

Evidentemente nada afectada por el proceso de un lustro que vivió, primero en la cárcel y luego en su casa, la llamada maestra anuncia lo que parece un glorioso retorno a la escena pública nacional, pues inmediatamente convoca a los medios para que atiendan al mensaje que dará el 20 de agosto, justamente el día que comienza el calendario escolar.

¿Y los casi 2 mil millones de pesos del SNTE desviados durante su gestión? ¿Y los esquemas mafiosos supuestamente empleados por ella para triangular recursos? ¿Y el trabajo de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda? ¿Y los actos de delincuencia organizada que se le achacaron? ¿Y la retención privada de su libertad durante tanto tiempo, en que no pudo llegarse a determinar su responsabilidad?

Todo eso queda atrás, en lo que parece un sistema político y jurídico de caricatura el que tenemos en México.

Si fuera cierto que Elba Esther es inocente, como determinó el juez unitario que la libera, entonces deben ser procesados los que injustamente la hubieran mantenido procesada, incluyendo a las autoridades de Hacienda y de la PGR y los jueces que conocieron de la causa.

Pero si es culpable y estamos presenciando el producto de presiones al Poder Judicial, entonces estamos entrando a una etapa preocupante en que el poder político será empleado para torcer la marcha de la justicia, de acuerdo con la administración del momento… que aún no empieza.