Lo que acaba de hacer Andrés Manuel López Obrador al recibir en su casa a su otrora contrincante José Antonio Meade, es consecuente con dos facetas suyas: primero, con su calidad de hombre de Estado, para quien no deben importar las ideologías de los otros, sino su categoría de mexicanos. Él ya no puede ni debe decantarse sólo a favor de un grupo (o de su grupo de morenistas y afines), sino que tendrá que gobernar para todos los habitantes de este país, excluyendo preferencias políticas o personales.

La segunda vertiente en que revela congruencia, es en que ha llamado repetidas veces, durante muchos años, a la reconciliación y a la unidad nacional. Esa idea la ha extendido inclusive hacia quienes por razones de pobreza o necesidad han tenido que delinquir. Entonces, si su pensamiento se orienta hacia la amnistía para un sector tan complejo como el de los involucrados en lides penales, con mayor razón hacia aquellos con quienes le han separado diferencias de índole política.

La gran enseñanza que ojalá nos deje López Obrador es que lo importante es México y para reconstruirlo todos deben ser bienvenidos, no importa si son rojos, azules, amarillos, naranjas o apartidistas.