Las veleidades del presidente Donald Trump sobre la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, mantienen en vilo el futuro del acuerdo comercial. Apenas la semana pasada dijo en una reunión de gabinete en la Casa Blanca que si el acuerdo no le satisfacía, no lo firmaría. Un año ha tardado la renegociación, donde Trump acelera y desacelera a su equipo, presiona a México o castiga a Canadá, que lleva tres semanas excluida de las pláticas porque al negociador estadounidense, Robert Lighthizer, no le gusta la forma como cabildea la canciller canadiense, Chrystia Freeland, en el Capitolio. La bipolaridad política de Trump ha provocado prolongadas tensiones entre el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, y el de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, responsables de la negociación.

Este es un cuento de nunca acabar entre los dos secretarios, el superpoderoso Videgaray, alter ego del presidente Enrique Peña Nieto, y Guajardo, quien arrancó el sexenio como un alto funcionario en el asiento de atrás del hoy canciller, y que la negociación del TLCAN lo colocó no sólo como un ministro a la par de quien lo veía hacia abajo hace cinco años, sino como el contrapeso dentro del gobierno para alcanzar una buena negociación comercial para los intereses mexicanos, por encima de la conclusión, como prioridad sobre el contenido, que es lo que funcionarios mexicanos expresan como la estrategia que prioriza Videgaray.

Las visiones encontradas entre Guajardo y Videgaray se han venido arrastrando por meses, en ocasiones llegando a fuertes discusiones entre los dos, que, sin embargo, aseguran, cada uno por su parte, que no son extraordinarias ni fuera de los márgenes usuales de la dinámica dentro del gabinete, y que se mantienen como muy buenos amigos. Sólo hubo un momento hace ya varios meses, cuando ese frágil equilibrio entre la tensión normal estuvo al borde de la confrontación.

Se dio cuando Luis de la Calle, un consultor con profundo conocimiento del Tratado de Libre Comercio, criticó a Videgaray en una entrevista de radio, que fue tomada por el canciller como un mensaje de Guajardo. De la Calle es asesor de Guajardo, además de un viejo amigo, por lo que personas que conocen a Videgaray recordaron que cuando se difundió la crítica, pensó que no era algo casual y espontáneo, sino que, como se lo hizo ver a Guajardo en una conversación telefónica, había sido deliberado y provocado por él. Guajardo no había escuchado la entrevista que concedió De la Calle, quien escuchó la molestia del secretario de Economía y envió un mensaje de texto al de Relaciones Exteriores, ofreciéndole una disculpa por lo que había declarado.

La división entre los dos es estratégica. Videgaray impulsa la posición de que es mejor un mal acuerdo que no tener acuerdo en absoluto, por lo que sería preferible hacer las concesiones a Estados Unidos, como las exige Trump, a que la firma del acuerdo no se alcance en 2018 y se ponga en riesgo, incluso, con la posibilidad de que el próximo Congreso en Estados Unidos sea demócrata –las elecciones legislativas intermedias son en noviembre, y perfilan la pérdida del control republicano en la Cámara de Representantes– y pueda no llegarse a firmar ni en 2019.

La posición de Guajardo es que los tiempos y la política interna de Estados Unidos no debe condicionar a México, ni tener como objetivo final la firma pronta del TLCAN, si esto afecta los intereses mexicanos. La postura de Guajardo frente a Lighthizer, de no ceder unilateralmente a sus pretensiones sobre las reglas de origen en el sector automotor y de autopartes, la resolución de disputas en tribunales estadounidenses y no en paneles del TLCAN, o la cláusula Sunset, que es la muerte súbita del acuerdo cada cinco años, es lo que ha impedido que se llegue a un acuerdo y la razón por la que Trump amenaza con no firmar un tratado que no se ajuste a sus exigencias.

Funcionarios mexicanos señalan que esas diferencias no han sido resueltas entre Videgaray y Guajardo, pero que, a diferencia de lo que sucedía a principio de año, cuando comenzaron a aflorar los choques entre los dos, la percepción creciente en el gobierno es que la insistencia del canciller a que se firme el acuerdo en los términos como quiere la Casa Blanca, responde más a la relación personal que ha tejido desde la primavera de 2016 con Jared Kushner, yerno de Trump, su asesor en política exterior y quien por instrucciones presidenciales encabeza la relación bilateral con México, y a una necesidad política-existencial de que esa cercanía con la Casa Blanca y el acceso que como nadie en México jamás había tenido a la Oficina Oval, envidiada en el mundo, pueda verse justificada con la firma del TLCAN.

Videgaray ha venido arrastrando el descrédito de haber sido el arquitecto de la visita de Trump a Los Pinos, y el esfuerzo que ha hecho para que la relación con Peña Nieto y México sea buena, no ha tenido resultados públicos aparentes, aunque con Trump, un político volátil y explosivo, mantener funcional la relación bilateral es un gran logro. Sin embargo, políticamente no le alcanza para evitar que desde el 1 de diciembre próximo sea una de las figuras que estarán probablemente entre las más repudiadas del peñismo. En este contexto se entiende la presión que está ejerciendo para que se firme ya el TLCAN, aunque internamente en el gobierno y los sectores empresariales que pueden resultar afectados si su estrategia se impone, sus negativos estén creciendo y los aliados que podría tener transexenalmente, se le están acabando.