CAMALEÓN

Por Alfredo Bielma

Este primero de septiembre México inicia un nuevo tramo de su ya larga y tortuosa historia, plena de edificantes episodios y de gestas heroicos, y cuando estamos a meses de celebrar los 500 años de la llegada de los conquistadores a un territorio poblado por razas de recio carácter de cuyo mestizaje al paso de los siglos surge esta gran nación, y somos muchos en uno. Y precisamente por esa pluralidad y la reciedumbre de nuestras instituciones estamos en aptitud de cambiar gobierno como lo establece el marco jurídico nacido del contrato social, lejos de los estruendos de la pólvora y la asonada.

Hoy entra en funciones uno de los poderes de la Unión, el Legislativo, mientras otro, el Judicial, vigila permanentemente el imperio de las leyes,  y a ambos corresponde auspiciar el relevo del titular del Poder Ejecutivo dentro de 90 días. Si será para bien de México lo comprobaremos al paso de los siguientes seis años, y sin duda así lo deseamos todos en este gran país.

Para llegar a las circunstancias políticas del momento medió el espectacular triunfo de Morena, entre cuyas primeras consecuencias está la recomposición de las fuerzas políticas del país, pues ha alterado sustancialmente la correlación subsistente previa a la elección del 1 de julio. Por esta circunstancia, el PRD, MC y el Verde ecologista se manifiestan fuera de toda alianza con otras fuerzas, el PRD con el PAN y MC, y el Verde con el PRI, es decir, que legislativamente actuarán conforme mejor les convenga. Porfirio Muñoz Ledo obtuvo la presidencia de la Cámara de diputados, por lo cual le corresponde entregar la banda presidencial a AMLO; Mario Delgado con 175 votos a favor superó a Dolores Padierna, a Pablo Gómez y a Alfonso Ramírez Cuéllar y coordinará la fracción morenista de la LXIV Legislatura.

Entramos a una nueva etapa del México moderno y esa condición requiere despojarse de lastres, como se evidencia en los partidos políticos (PANAL y PES) ya desaparecidos, y podrán seguir esa ruta MC, PT y el PRD, partido este último del cual ni la sombra queda de lo que prometía ser porque no se lo permitieron “sus desviaciones cupulares y lastres tribales”, como señala en su renuncia Agustín Basave, quien por cierto le pone dramatismo de más a su decisión de retirarse de las filas perredistas, pues bien a bien no se sabe lo que quiso decir en el texto de su renuncia con eso de “los miles de mexicanos que se jugaron la vida por impulsar la democracia y construir una patria para todos…” como si en México pertenecer al PRD implicara, per se, una condición peligrosa. Pero le asiste la razón cuando asegura que sin el PRD “no se puede entender la historia reciente del país”, aunque lo mismo podríamos afirmar respecto del PAN, y sobre todo del PRI que gobernó este país gran parte del siglo XX. Y con el cambio de la correlación de fuerzas pasó a mejor vida la partidocracia, uno de los primeros saldos favorables provocados por el tsunami electoral.

Ya presidente electo, Andrés Manuel López Obrador comienza a atemperar el discurso de las promesas que alucinaron a la población con un cambio casi súbito. Porque transitar de la condición de candidato a la de ser el primer mandatario de la nación implica mesura discursiva: el ejército y la marina seguirán en las calles, porque en seis años se contará con “el mínimo de policías que recomienda la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para que el Estado garantice la seguridad de los ciudadanos…” asegura Martí Batres, presidente del senado.

Pero así es lo convenido casi de manera virtual entre candidatos y electores en México, uno ofrece y los otros quieren creer que cumplirá porque finalmente la buena fe prevalece. Como en 2012, cuando en el PRI sonaban tambores de triunfo porque presentían cercana su restauración en el poder presidencial y su candidato, Enrique Peña Nieto, en campaña ofrecía compromisos al ritmo de “Te lo firmo y te lo cumplo”, a cambio de los votos que consiguió derrotando precisamente a quien ahora, seis años después, es presidente electo y lo sucederá en el cargo. De aquellos compromisos, 266 en total, solo cumplió 134. Ahora Peña Nieto es el presidente número 57 en nuestra historia republicana y está a punto de rendir su último informe ante el pueblo de México para seguramente evocar los logros, deja lo otro, como en su tiempo afirmó Díaz Ordaz, con la elegante frase: “me someto al juicio inapelable de la historia”.

Y entre el presidente número 57, Peña Nieto, y el presidente número 58, Andrés Manuel López Obrador, en los cuatro puntos cardinales de México pululan en la política los simuladores, quienes a cambio de su incapacidad para gobernar, como Javier Duarte de Ochoa, la compensan para uso personal con capacidad histriónica para mentir y para simular, porque en este caso tuvo buen maestro y fue discípulo avanzado. Así los atestiguó su imagen frente a pantallas de televisión en enlace nacional cuando juró no poseer sino tres propiedades, nada de corrupción en su desgobierno, y en una serie interminable de declaraciones sobre la inseguridad pública formuló innumerables pero inexistentes estrategias para combatirla en el sur de la entidad; y cuantas veces se bloqueó el paso del agua de la presa Yuribia hacia Coatzacoalcos anunció la perforación de 15 pozos para aliviar el problema de suministro del vital líquido. Toda una falacia, todo fue mentira porque en el recuento solo quedan pozos sin concluir y otros sin funcionar.

Grandes expectativas ha planteado AMLO, ambiciosas sin duda, necesarias por igual: Tren transpeninsular en la península yucateca, desarrollo en el Istmo de Tehuantepec, del Golfo al Pacífico, dos sobresalientes de entre 12 prioridades. Tres meses para que asuma el poder, mismos que en Veracruz faltan a Cuitláhuac García, que en el entramado de la Cuarta Transformación Veracruz no quede al margen. Pero para ello requerimos de paz y tranquilidad en las calles y en las familias mexicanas, condición sine qua non para aceptar que vamos hacia la Cuarta Transformación. De otra manera, como dijera el gallego, si no, no.

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