¡ADELANTE!

Pepe Valencia

Viernes 30 de noviembre, 12 de la noche, en algún lugar de Xalapa o fuera de esta ciudad, esperará Miguel Ángel Yunes Linares, sin haber dormido durante el día. Habrá concluido su efímero gobierno.

A la misma hora, Cuitláhuac García Jiménez afinará los últimos detalles para la toma de posesión. Revisará, corregirá, dará instrucciones a los integrantes de su equipo. Recibirá reportes de diversos puntos del estado.

Será ya el gobernador aunque no haya rendido todavía la protesta de ley. Cualquier suceso relevante, para bien o para mal, que ocurra en el estado será de su incumbencia. Poseerá para entonces toda la autoridad legal y política, toda la responsabilidad.

De acuerdo al protocolo, Yunes asistiría a la ceremonia formal en la que Cuitláhuac asumirá la gubernatura en el  recinto oficinal del Congreso del Estado. Hace dos años, Javier Duarte andaba prófugo. ¿Miguel Ángel estará presente?

Cuitláhuac García es desde ahora el veracruzano más solicitado, el más asediado e importante. Todos desean saludarlo, que los vea, que les sonría. Es quien posee la facultad de dar y quitar. A partir del primero de diciembre esta situación se potenciará.

A Miguel Ángel lo evitarán, lo negarán hasta aquellos que resultaron por él beneficiados. Lo criticarán incluso en público para ver si quedan bien con el nuevo todopoderoso.

Como en la novela de Luis Spota, El primer día, a Yunes Linares no lo visitarán más muchos de sus antiguos aliados y amigos ni le llamarán, mientras Cuitláhuac se dará el lujo de no hablar con todos los que desean felicitarlo por teléfono o en persona, porque le será imposible. Aunque quisiera atenderlos, el tiempo es insuficiente.

Lo que a Yunes le sobrará, a Cuitláhuac le faltará: tiempo.

A Yunes lo buscaban en actos públicos, en restaurantes donde se supone que acudiría, en el parque por si iba a  que le lustraran el calzado, en calles céntricas donde de vez en cuando solía placearse orgulloso.

A partir de su primer día sin poder, será un hombre solitario. Sin escolta ni ayudantes pagados con fondos del erario, sin vehículo oficial. Con escasos amigos y numerosos adversarios.

No pudo heredar la gubernatura a su hijo. Ofendió en campaña a López Obrador. Se enemistó con infinidad de sectores de la sociedad civil. No cumplió su compromiso de bajar a la mitad la inseguridad pública.

Vienen las consecuencias.

Por su parte, Cuitláhuac divisa hacia adelante seis años para demostrar a tirios y troyanos que a pesar de su inexperiencia en la administración pública, puede ser y será el gobernador que Veracruz merece.

Que habrá cero tolerancia en materia de corrupción. Que lo de no mentir, no robar, no traicionar al pueblo va en serio. Que impunidad e  inseguridad serán combatidas con firmeza.

Así, el último día de Yunes como gobernador y el primero de Cuitláhuac en el poder, serán diametralmente distintos. Uno percibe desde ahora la frialdad a futuro. El otro disfruta las mieles del poder que ejercerá.