Todo un caso para el diván del psiquiatra es Javier Duarte de Ochoa, quien del sitial de la titularidad del poder ejecutivo veracruzano (lo de gobernador sería un simple apodo, una aberración política) pasó a ocupar una celda en el Reclusorio Norte de la CDMX, y desde allí ocupa el tiempo que le queda libre para entretenerse en su deporte favorito: mentir. ¿Quién no recuerda cuando hace apenas un año Duarte aseguraba frente a las cámaras de televisión un patrimonio de solo tres inmuebles, dos de ellos por herencia, el otro adquirido con crédito bancario? días después emprendía la graciosa huida. Ahora niega el emporio inmobiliario que le adjudican las investigaciones periodísticas y según su versión no tiene “ni una sola” propiedad, y “mi familia vive en un pequeño departamento que rentamos”. Su cinismo es exponencial, la capacidad de falsear la realidad es infinita, pero tanto se conoce de sus excesos en el mentir que ya no engaña. ¿O habrá ingenuos patológicos?