Por David Quitano

“La vida política no es, sin embargo, la forma única de una existencia humana en común”
E. Cassirer

La definición básica del concepto “Preludio” lo conceptualiza como un término que tiene origen en el latín “praeludium” y se usa para nombrar a lo que actúa como introducción o comienzo de algo. El preludio, por lo general, antecede a lo principal o a la idea central y más importante.
Inicio mi comentario a partir de esa definición, debido a que el gran proyecto de nación de nuestro Presidente Electo Andrés Manuel López Obrador, manifiesta ese adjetivo numérico, y no es casualidad el nombre, ya que él es un historicista, su concepción política, social y económica, convencionalmente alude a la historia.
La historia puede tener diversas lecturas, sin embargo, lo es que existe es un llamamiento legitimo por parte de toda la población de que las cosas cambien, los excesos son y han sido evidentes, y precisamente el primero de julio del año en curso fueron tangibles en las urnas.
De esa manera, la pieza principal de toda esta transformación sobreviene sobre el techo de añejos acontecimientos que nos duelen a los ciudadanos, quizás otrora los 4 jinetes del apocalipsis mexicano: La desigualdad, pobreza, corrupción e impunidad, que son a su vez el preludio que puede echar abajo el éxito del proceso transformador, ya que dichos aspectos son en cierta medida una condición histórica.
El preludio discursivo de la 4ta transformación durante muchas décadas, es que la sociedad mexicana no ha visto el futuro sino una promesa de repetición de su pasado: un horizonte melancólico de carencias, limitaciones, exclusión y excesos de una clase política que se sirve en lugar de servir.
Las debilidades de México están a la vista, no hay cómo ocultarlas. Pero cada debilidad mexicana puede leerse desde el ángulo de alguna fortaleza. Las instituciones democráticas no alcanzan para pactar las transformaciones que el país requiere, pero lo representan y gobiernan en todos los órdenes. Hoy México es lo que no había sido en toda su historia: una democracia. Por esta vía se sacó a un esquema caduco marinado en la insensibilidad.
Por otro lado, la economía muestra todavía grados inaceptables de concentración de la riqueza que frenan el ritmo de su conversión de una economía de mercado, indispensable para crecer. Pero esa misma economía mexicana se presentó resuelta con eficacia a la puerta abierta por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1994, y convirtió al país en un exportador impresionante, con una planta industrial moderna de clase mundial, de quizá unos 50 millones personas*.
La sociedad mexicana, por último, es desigual. Presenta graves injusticias y marginaciones, pero en el fondo de esa sociedad desposeída hay una épica del esfuerzo y del trabajo que no hemos logrado estimular en toda su pujanza a través de mejores instituciones de educación y salud, y mayores oportunidades para la generación del empleo.
Ese es nuestro pueblo que quiere más, que busca su camino por sí mismo y está dispuesto de manera estoica para encontrarlo, es la fortaleza mayor de México, el verdadero fondo del país sobre el que cruzan nuestros males.
Es así que para cruzar este purgatorio y avanzar sobre la vía de la transformación es preciso ocupar lo que sirve, como se dice en Políticas Públicas, una visión “Incrementalista” a fin de que la pendiente no sea tan inclinada, porque si queremos rehacer todo, la capacidad para dar respuestas será tardía, y esa sociedad melancólica puede no encontrar nada que sacie su sed de justicia trasladándonos a una anomía generalizada.
Cuando se enfrentan estos dilemas, se hace evidente la opción del entendimiento político, ya que, sin este, el ejercicio se vuelve más complicado de lo que por sí ya lo es. Gobernar es un arte, proponer es un deseo. Que los intereses disímbolos no nos alejen del superior, que es el bienestar nacional.

*Tomado de: ¿Y ahora qué? México ante el 2018. Editorial Debate coordinado por Hector Aguilar Camín y María Amparo Casar.