El caso Duarte de Ochoa, el jurídico y el político, puede servir para un capítulo de un libro sobre la corrupción, la simulación gubernativa, el patrimonialismo político, la voracidad presupuestivora, y muchas lacras más de la política mexicana, obviamente no como primer actor, pues aún con todo el daño que le hizo a Veracruz no alcanza esa categoría porque solo fue un objeto de uso al servicio de “la mafia del poder”, un diletante político que aspiró a las grandes ligas pagando su ingreso con dinero ajeno y por tal desatino paga con cárcel. Capacidad histriónica la tiene, sin duda, también ausencia de escrúpulos, porque eso de calificar de “babosada y media” lo que sus cómplices han soltado en la sopa requiere amplia capacidad para la mentira. Y eso de “… debo reconocer que el gobierno federal nunca se ha metido con mi familia”, parece llevar un mensaje: “seré institucional si no se meten con mi familia”.