Aunque es muy importante que la cabeza tenga la convicción de dignificar al país cultivando valores como la honestidad, imprescindible para el combate del principal flagelo social de México que es la corrupción, pero el esfuerzo individual del futuro Presidente se está enfrentando a añejos vicios y moldes mentales que conducen la acción política hacia el saqueo del erario público.

Apenas tomando posesión de los cargos de diputados, a los morenistas se les ha olvidado que uno de los compromisos principales de su líder moral ha sido la austeridad, materia en la cual ha dado y pretende seguir dando el ejemplo, e igual que sus antecesores priistas y panistas, los legisladores se han autorizado generosos y derrochadores sueldos, bonos y prestaciones, que para nada parecen estar en sintonía con las percepciones de servidores republicanos de una nación quebrada, atendiendo a esta definición que dio el propio Presidente electo.

En los mismos términos se pronunciaron los del otro poder, el Judicial, cuyos miembros lo han convertido en una élite de medro y saqueo en beneficio de sus propios familiares, según se puede comprobar de dos casos emblemáticos relacionados con las hijas de dos ministros, uno de ellos xalapeño, para mayor oprobio.

Si eso hacen los ministros, que están en la lupa de la opinión pública, qué no harán los subordinados, famosos muchos de ellos por ser violadores sistemáticos de los derechos laborales de sus empleados.

Así, Andrés Manuel parece ir solo, cuesta arriba e intentando jalar un pesado lastre de personalidades corruptas a las que nada les importa el país.