Por Joel Huratdo

Somos un país en el que los gobernantes -a propósito-, se empeñan en desconocer, menospreciar y desaparecer la memoria histórica ancestral, para mantener a la población indefensa en una situación de amnesia total.

En efecto, “somos lo que recordamos: como personas, familia y nación”. La falta de identidad cultural, además de desposeernos de la herencia cultural y la milenaria sabiduría humana “propia-nuestra”, nos hace inseguros, frágiles y auto derrotados. Actitud que han auspiciado y favorecido los grupos de poder, que en los últimos cinco siglos se han enriquecido abusivamente de la ignorancia e inseguridad de un pueblo manso y dócil.

Hemos vivido y seguimos viendo en un sistema colonial, ayer en la Colonia a manos de los peninsulares y hoy, en el neocolonialismo, en manos de los criollos. Unos y otros han cimentado su poder y dominio en la ignorancia que el pueblo tiene de sí mismo, y el desprecio permanente a su cultura ancestral.

Los hijos de los hijos de la civilización del Anáhuac, una de las seis más antiguas y con origen autónomo del planeta. Tan antigua como China o India, vive en la desolación de ser un “extranjero inculto en su propia tierra”. Trescientos años tratando de ser español (1521-1821), cien años de tratar de ser francés (1821-1921) y casi cien años de ser gringo (1921-2011). Siempre despreciados y explotados por los dominadores nacionales y extranjeros. Escondiendo con vergüenza su milenario legado. Sintiendo desprecio por lo que íntimamente “se es en esencia”, y tratando de ser como lo que nunca será, perdido en “el laberinto de la soledad”, imitando, falsificando, falseando, siempre en calidad de impostor de una cultura ajena, despreciando rabiosamente la propia y siendo despreciado por la cultura que trata infructuosamente de imitar.

Los gobiernos, desde Hernán Cortés hasta Felipe Calderón, en su gran mayoría han hecho todo lo que ha estado en sus posibilidades legales e ilegales para que el pueblo desconozca y rechace su matriz cultural. Indiscutiblemente que somos un país mestizo cultural y racialmente, -como todos los del mundo-, pero la base de nuestro mestizaje se sustenta indiscutiblemente en la parte anahuaca y no en la española, francesa o norteamericana.

Esta negación ha dado como resultado que somos una nación sumamente racista y clasista, en la que la gente de fenotipo y cultura europea se ha encumbrado en el poder, no solo económico y político, sino en la mayoría de los ámbitos de la sociedad. Por el contrario, la gente, entre más cercana a la cultura de la Civilización del Anáhuac y más morena es, es más pobre. ¿Es incapacidad, deficiencia genética o mala suerte? No, no lo es. Esto se debe a que históricamente tiene menos oportunidades y es rechazada y excluida sistemáticamente, de manera velada e hipócrita, o de manera brutal y cínica, por el poder del Estado, el poder económico, el poder político y la elite cultural-intelectual.

El Estado mexicano, lejos de prohibir esta conducta de xenofobia y clasismo, la alienta velada o abiertamente. La “historia oficial” es descaradamente hispanista, día a día se trata de desaparecer la historia antigua del Anáhuac y en el conquistador y la conquista, se trata de cimentar la base de la nación. Son los grupos históricos de poder, sean descendientes de españoles, libaneses, judíos, franceses o norteamericanos, los que alientan la conducta de rechazo al legado cultural anahuaca y su fenotipo. Paradójicamente los hijos de los hijos del Anáhuac son rechazados, menospreciados y excluidos en su propia tierra.

En la punta de la lengua está presente el epíteto y la diatriba en contra de “los morenitos, lo nacos, los indios, asalariados, la prole, etc.”. Las “ladies de Polanco o la hija de Peña Nieto” son un ejemplo vivo de ese desprecio que subyace en la sociedad a “flor de piel” y en especial en la clase dominante hacia la gente y la cultura originaria. Para la Nación es autodestructivo este rechazo a la base sustentadora de este país, porque es innegable que la mayoría de “los mexicanos” estamos más cerca cultural y racialmente de la civilización anahuaca, que de la cultura española o francesa. La “ideología criolla” consiste en ver al pueblo anahuaca con desprecio y rechazo. La explotación de su fuerza de trabajo y la depredación y despojo impune de sus recursos naturales, por la elite de poder, ha sido la praxis metódica y regular de este pensamiento abusivo y deshumanizado. “El criollismo” es una ideología, no es un asunto racial, porque existen mestizos y anahuacas que la defienden y practican para sacar provecho inmisericorde de sus propios hermanos.

El desarrollo de este país se dará verdaderamente cuando prevalezca la JUSTICIA. El verdadero problema de la nación es de injusticia. Un puñado de vivales en contubernio con gobiernos y empresas extranjeras se ha dedicado a explotar a los anahuacas y depredar sus recursos naturales. Esto lo han logrado en base a destrucción de la consciencia y la identidad de la bases sustentadora de la nación, “la prole” como los llama la hija de Peña Nieto. Al neutralizar al pueblo a través de perder la memoria histórica y con ello la identidad cultural, la gente queda en calidad de “zombi”. No sabe quién es, de dónde viene, quiénes fueron sus antepasados, cuáles sus logros y proezas civilizatorias, queda desposeída de su patrimonio histórico y cultural. Por lo tanto la gente, no sabe dónde está, no sabe si viene o va, si sube o baja, quedando presa en un laberinto de ignorancia que la deja desolada y la despoja de su consciencia humana y sus ancestrales valores y principios existenciales.

Lo poco que sabe de su pasado ancestral es que los aztecas fueron un poderoso imperio que dominaba a “las tribus” que habitaban estas “salvajes tierras”, que hacían escalofriantes sacrificios humanos, que se la pasaban en permanentes guerras, que tenían la afición de comer carne humana y adorar al sol, al viento y al agua. Y que un puñado de heroicos y valientes españoles los venció, trayendo la civilización, la cultura, la religión verdadera, la paz y el desarrollo, el idioma español para acabar con los “dialectos”. Por consiguiente, “todos afirman con orgullo tener un abuelito español”. La débil y difusa memoria histórica que inculca especialmente la televisión comercial y la SEP en el pueblo, es que el país tiene su origen en la conquista y “civilización” de los caníbales y sus tierras salvajes. Que la Colonia es la base de lo que somos y que de 1821 a la fecha se ha estado construyendo una “nación justa y democrática”, en la que cada seis años se renueva la esperanza de salir de la injusticia. Pero muy pocos habitantes de este país conocen “la verdadera historia” de los ocho milenios de desarrollo humano del Anáhuac.

Y este es el punto, amable lector. La histórica ignorancia a la que se ha condenado al pueblo. La ignorancia de sí mismo, de su esencia, de su pasado y por consiguiente de su identidad. Esta ignorancia nos neutraliza y nos hace inconscientes, solo “carne de cañón”. Nos convierte en zombis sin pasado y futuro. Engañados, abusados y robados una y otra vez por el puñado de vivales que se han apropiado del bien común más preciado de un pueblo que es: su gobierno y su cultura. Este puñado de vivales entrega en calidad casi de esclavitud al pueblo anahuaca a través del salario mínimo. Entrega los recursos naturales a las empresas extranjeras casi gratuitamente. Sacrifica el Mercado interno a favor de la maquila, quita aranceles a los productos de importación, trata de entregar el petróleo, la energía eléctrica, el agua, las autopistas, los puertos y aeropuertos y un largo etcétera a las voraces empresas trasnacionales y sus prestanombres locales. Este puñado de vende patrias es capaz de firmar los más inmorales tratados comerciales que extinguen la soberanía y la autodeterminación, poniendo en riesgo la misma existencia del Estado y el futuro de las próximas generaciones.

Para hacer todo esto, se necesita de un pueblo adormecido, sojuzgado, sumiso, carente de identidad, amnésico, inseguro, desunido y fragmentado, con una baja auto estima. Esto se logra quitándole su memoria histórica y su identidad. Que no recuerde nada de nada. Que no sepa quién es, ni dónde está, ni de dónde viene y mucho menos a dónde quiere ir. Que no tenga valores propios, sentimientos propios, sueños propios y aspiraciones propias. Con estos elementos se construye el México de la impunidad, de la injusticia, de la corrupción y la traición. Ese es el México que permite crear inmensas fortunas en un mar de pobres, desempleados, secuestrados, desaparecidos y asesinados. Este es el México verdadero en que todos vivimos por decreto desde 1521.