Por razones que son inexplicables para los gobernados, Miguel Ángel Yunes Linares está concluyendo su gestión de gobernador de la misma manera que su antecesor y otrora execrado, Javier Duarte de Ochoa: en medio de las críticas, las inconformidades, los reproches y las protestas.

Este jueves, para no ir muy lejos, miles de taxistas están anunciando una manifestación pública consistente en parar unidades en las principales ciudades del Estado, en repudio al acoso, la persecución y la ferocidad con la que son extorsionados por letales agentes de Tránsito que los detienen, los someten, los despojan de las unidades y acaban por quitarles cantidades elevadas de dinero por la comisión de supuestas o reales infracciones a los reglamentos.

Sí, tal como dice el analista Alberto Olvera, Yunes deja, igual que Duarte, un estado azotado por la violencia y en medio de una crisis económica. Quizá hasta lo deje peor, porque Duarte mantuvo el Congreso controlado y afín hasta el último momento, mientras que Miguel Ángel ni siquiera tuvo capacidad para esa operatividad política.