Inmersos en lo cotidiano no seguimos la enseñanza del bardo, veracruzano Salvador Díaz Mirón: “No viendo más que sombras en el camino me contempla el resplandor del cielo”, porque nos absorbe el acontecer político siempre deprimente, siempre tétrico con la inacabada desigualdad social a un lado, y de allí la desesperanza pública, pero en contraste olvidamos lo que nos hace volar, sentir y soñar, razón por la cual pasó casi desapercibida la muerte de Charles Aznavour, la madrugada del 1 de octubre se fue la voz que desde París enamoró a los jóvenes de su tiempo en todo el mundo y permaneció arrullándolos ya en su tercera instancia. Como dice Emmanuel Macrón, presidente de Francia: “calentó los corazones de cientos de millones de personas durante 80 años”. Pero su “dulce melancolía” queda grabada en millones de discos urbe et orbe.