David Quitano

“Cada nación es como una gran empresa en el mercado global”
Bill Clinton

Desde el siglo XVI existe una controversia sobre cómo habrían de ser las relaciones económicas entre los países, ¿cuáles habrían de ser las pecunias para las transacciones comerciales?, y las implicaciones que el comercio puede generar para los países, ¿convergencia económica y mutuo beneficio? O ¿un esquema de opresión y dependencia?
Esta discusión, más allá del mantra numérico que tanto la balanza de pagos o la comercial nos arrojan, implica poderío político, estructuras de política económica, de gobierno, o hasta niveles de aceptación dentro de la contienda electoral.
Los gobiernos cuando no generan resultados al ritmo de las demandas sociales, tienden a culpar a alguien, y por lo general son a los bosquejos exteriores, los que pueden llegar a servir de subterfugio para aminorar la percepción política.
De esa manera, la sobrevivencia del Tratado de Libre Comercio para América del Norte(TLCAN) ha pendido su existencia en el contenido político, más que del perfeccionamiento con lógica de economía internacional.
Es sabido, que, por las diferencias del tamaño de la economía, el ingreso per cápita y los niveles de desarrollo entre los países miembros, cuando se puso en marcha el TLCAN México parecía el país más endeble para sumarse a la convergencia económica, sin embargo, ciertas regiones del país con productos diversos le han ganado terreno a los vecinos del norte.
Lo anterior, convirtiendo a México en un país productivo, hoy en el orden del 60% del Producto Interno Bruto(PIB) proviene del comercio internacional y toca de manera directa o indirecta a 50 millones de mexicanos, el modelo crecimiento endógeno funcionó, pero a la vez nos volvió dependientes de esta condición, sacrificando en alguna medida la calidad del empleo y el mercado interno ( esto cuenta con amplio debate técnico), no obstante, es un gran logro que este esquema de integración mantenga su vigencia en aras del bienestar de la región.
Por otro lado, luego de que Estados Unidos y Canadá confirmaron que alcanzaron un acuerdo sobre un “pacto comercial nuevo y modernizado”, que reemplazará al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) de 1994, en una declaración conjunta, los dos países anunciaron que el nuevo convenio se llamaría Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá (United States, Mexico and Canada Agreement, USMCA, por sus siglas en inglés).
Entre los vaivenes del día altos funcionarios estadounidenses aseguraron que es un acuerdo “fantástico” para los Estados Unidos y “un gran triunfo” para Trump, recordando que la revisión del TLC era una de sus grandes y principales promesas electorales, cuando realmente, considero que solo es un “cambio cosmético” porque lógica económica y el proceso de sincretismo económico, las fuerzas comerciales y la vinculación, en una estructura de Teoría de Juegos no es suma cero para los miembros la permanencia del acuerdo.
Quedando al final las siguientes características*:
• Industria automotriz: cede México. Era la joya a preservar para las autoridades mexicanas. La entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) en 1994 convirtió al país latinoamericano en una potente plataforma manufacturera y atrajo a las multinacionales del sector, que vieron en él la puerta de entrada perfecta para el mayor mercado mundial: EE UU.
• Además, el 40% de los componentes que monta cada vehículo tendrán que proceder en regiones con un salario manufacturero de al menos 16 dólares por hora, una condición que no cumple México y sí EE UU y Canadá. Washington espera que este nuevo requisito lleve de vuelta a casa parte de la producción de componentes perdida en las dos últimas décadas.
• Disparidad en otras industrias. El pacto a tres bandas -casi 2.000 páginas en su versión en inglés- no evita, sin embargo, que se mantengan los aranceles impuestos por EE UU al acero y el aluminio importado desde Canadá y México.
• Contra la manipulación de divisas. El pacto incluye una provisión orientada a disuadir a que los países manipulen sus monedas para favorecer su posición de juego en el mercado global.
• Vuelta de tuerca en el mercado laboral mexicano. El nuevo acuerdo obliga a México a garantizar la libertad de asociación y al “reconocimiento efectivo” de la negociación colectiva. También a la eliminación del trabajo infantil -una lacra que pervive, en pleno siglo XXI, en amplias zonas del país- y a garantizar unas condiciones de trabajo “aceptables”
• Sin cláusula de terminación automática. EE UU encaró la negociación hace 13 meses con un objetivo de máximos: ponerle fecha de caducidad al acuerdo. Era la muestra más evidente de hasta qué punto el TLC irritaba a Trump.
• Concesiones de Canadá en lácteos. El comercio de leche y otros productos lácteos fue el principal caballo de batalla en la recta final de la negociación, a pesar de que desde el punto de vista del volumen es insignificante. Políticamente, en cambio, es un tema muy sensible a ambos lados de la frontera. Canadá tendrá que dar un mayor acceso a los productos estadounidenses a su mercado, hasta ahora muy restringido.
En definitiva, la zona de libre comercio sigue más allá de los posicionamientos políticos, lo que nos muestra que el comercio termina siendo benéfico para todos, donde la de dependencia de México respecto a la primera potencia mundial es indiscutible, tanto en el plano puramente exportador -casi ocho de cada 10 dólares que les llegan por esta vía proceden de ventas a EE UU- como en el inversor -en el caso mexicano, más del 40% de los flujos entrantes son estadounidenses-, en un mundo tan turbulento con economías tan fuertes como de la China, la de Alemania o la de la India se presentaba como un error no afrontar como un solo cuerpo el futuro.
El debate continuará……

*Fuente: El país.