Ya pronto, Andrés Manuel López Obrador pondrá a prueba su tesis sobre la corrupción: si el presidente es honesto, la corrupción acabará; ha reiterado que a partir del 2 de diciembre ese mal social empezará a reducirse, lo cual estará a dura prueba cuando se contraste con la realidad. Obviamente esa enfermedad social no se acabará solo porque un presidente lo decrete, porque es un monstruo de mil cabezas cuyas caras miran hacia todos lados e incluye a los encargados de atacarlo: auditores, procuradores, administradores, legisladores, cúpulas de mando, etc. Tal afirmación es posible comprobarla con unos mil casos. Uno de ellos: Acá en la aldea se instituyó la réplica estatal del Sistema Anticorrupción, pero quien encabeza el Comité ciudadano, Sergio Vázquez, es señalado de haber forjado empresas fantasmas para realizar auditorías a modo, él exige se investigue sobre la veracidad de esa imputación, que atribuye al hecho de haber demandado la revisión a la Cuenta Pública 2017, ya aprobada por la anterior legislatura aún con discrepancias de lo reportado por el Orfis, que nada reporta sobre el particular. Y si tal ocurre en el ámbito de la anticorrupción ¿Dónde quedará la bolita?