Los Fieles Difuntos

En Carrizal, El Viejo de la Horqueta

Por Toño Juárez

A mi padre, “Tío Roger”, con amor

En Carrizal después de las 11 de la noche “el musculo duerme y la ambición descansa”, como reza el tango argentino. Atrás quedó el intenso bullicio de la actividad humana que transcurre emparejado con la luz del día, de los profesores de la vasta comunidad docente que se mueven hacia las rancherías, comunidades y ciudades cercanas a cumplir con su misión educativa; de los trabajadores de la Cementera Moctezuma en Chahuapan que desde muy temprano empiezan, enfundados en sus uniformes y botas industriales, a transformar los ricos mantos de piedra marmórea. De las tortillerías donde las máquinas serpentean el sabroso alimento al son de su rechinido inconfundible y esforzado, que pareciera estar arrastrando el mundo. De las mujeres y hombres que ofertan con sus pregones una amplia carta de deliciosos antojos, como frutas, gelatinas y tamales, armonía que sólo el del gas con su cantaleta musicalizada y sus estruendosos llavazos al tanque, llega a romper.

Mientras el reloj da las 8 de la mañana, las señoras, antes de entrar a preparar el desayuno, retiran las pesadillas nocturnas acumuladas en su banqueta, con el cadencioso vaivén de la escoba. En la calle principal, la Úrsulo Galván, los dueños de las tiendas empiezan a colgar la fauna marina –ballenas, delfines, tortugas, tiburones– que acompañará a muchos bañistas. La del pollo, el de los jugos, el tortillero y la de la verdulería atienden a los compradores tempraneros. Las calles se llenan de mamás con sus hijos rumbo a los centros escolares que están en torno al parque, innegable corazón de Villa Emiliano Zapata, como oficialmente se le conoce.

Antaño, cuando se empezó a trazar el poblado, el parque se convirtió en el núcleo del que irradiaron las calles sobre lo que anteriormente fueron barbechos, algunos de los cuales pertenecieron a don Pedro Popoca.

Seguramente aquellos enormes carrizales fueron surcados por el tren en la época porfiriana, y después dieron paso a los huertos: Ciruelos, jícaros –de donde se obtenían precisamente las jícaras para beber agua–, que ya no existen y que tal vez están amenazados de extinción. Los deliciosos coyoles con su revestimiento viscoso que hay que retirar con los dientes y la lengua, hasta descubrir a base de golpes, la semilla en cuyo corazón reside la famosa almendra que finalmente se mastica. Otra peculiaridad de este árbol es que los coyoles vienen en enormes racimos con el olor característico de la fruta tropical, con la cual se siguen preparando tostadas.

Jinicuiles, anonos, pionchis, mangos, tamarindos, nanches, zapotes, plátanos y cocoteros y desde luego, los plantíos de papaya que convirtieron a Carrizal en un emporio de esta fruta que deleitaba los paladares de habitantes de ciudades tan remotas como Monterrey, Guadalajara, Ciudad Juárez, Querétaro, Aguascalientes, Reynosa, incluso Tijuana, y, desde luego, la Ciudad de México a través de su Central de Abasto.

En la primera gran etapa de transformación del parque en los años 60 del siglo pasado, surgió un romance con las flores de color naranja intenso de los flamboyanes bajo cuyas frondas los enamorados encontraron inspiración para sus demostraciones de amor, noviazgos que se transformaron en las actuales familias, muchas de ellas de maestros que muy jóvenes vinieron de distintos puntos a recibir formación normalista. Carrizal cubrió diversas facetas de la educación, desde los cimientos de la enseñanza hasta normales reconocidas y de gran prestigio.

Personas que han volcado su ingenio y sentido emprendedor dándole distintos matices al parque, como aportación de gratitud a la tierra que los vio nacer y los recibió con los brazos abiertos, son don Rosendo Leyva, los ex alcaldes José Viveros, Leonardo y Fernando Retureta, Daniel Olmos y mi tío, el maestro Gregorio Reyes, entre otros.

El antiguo Llano Grande, nombre que ostentaba el actual Carrizal, era propiedad en la época de la revolución, de la poderosa familia xalapeña Trigos. Sus tierras, sembradas de objetos totonacas, se extendían desde el Río de los Pescados hasta más allá de Plan del Río, Cerro Gordo y Miradores, por el lado de Xalapa. Por el de Veracruz, hasta después de Rinconada y cerca de Puente Nacional.

Carrizal conserva su carácter bucólico a pesar de haberse convertido en una pujante zona de balnearios y turismo de aventura; así como industrial, por la cementera de Carlos Slim, y de servicios en general que han venido a sustituir la labor agropecuaria.

Hoy en día, la postal carrizaleña que recibe a las familias visitantes, es un parque remozado con palmas tropicales cuidadosamente manicuradas, un gran domo multiusos que conecta las escuelas y el parque, y el nombre de la villa cuyas letras de alegres colores invitan a relajarse en sus aguas de temperaturas amables.
La leyenda dice que en octubre se abre el arcano para que las almas se materialicen y convivan nuevamente con la gente en medio de esta exuberancia inmarcesible. Por eso no extraña oír de encuentros efímeros e inexplicables cuya experiencia recae en gente elegida para experimentar momentos extraordinarios, de otra dimensión.

Hace unos días, en medio de una noche tibia y clara, con las estrellas brillando en el firmamento, me movía hacia mi carro, como de costumbre, a fin de viajar hacia Xalapa. De manera automática guié la mirada hacia el resplandor del parque iluminado, y al encender el auto, en punto de las 12, vi con extrañeza una figura muy aparatosa, con movimientos parsimoniosos que hicieron que no le quitara la vista de encima. Con cierto aire de escepticismo pensé: “¡Qué adelantados mis paisanos, ya andan de Halloween!”.

Al aproximarme, más me sorprendía el estrafalario personaje: su altura, de más de 1.80 m, sus harapos y su sombrero de paja, viejo y de forma de otra época y claramente descalzo. Lo primero que vino a mi mente fue “¿Cómo dejan a un anciano de más de 90 años caminar solo en el parque en la noche?”. Si a eso se le puede llamar caminar, pues más bien como que arrastraba su lánguida figura, deslizándose suavemente, como levitando.

Lo único que dejaba ver en su rostro anguloso e inexpresivo, era su piel pegada a los huesos. Yo no intenté verle a los ojos pues mi estado de nervios empezaba a alterarse. El personaje se veía humilde, con apariencia de gente buena. Se apoyaba en una vara gruesa con la empuñadura de horqueta. Iba triste, como en una ruta sin fin y sin un propósito claro.

No tuve el valor para detenerme y preguntarle –haciendo alarde de humanidad– a dónde se dirigía para llevarlo. Yo seguí por mi camino y él, por el suyo. Al llegar a la parte trasera de la escuela telesecundaria me detuve para voltear a verlo y no perderlo de vista, pero él se fue esfumando hasta desaparecer.

No tenía rasgos indígenas, más bien, un rostro afilado y frío, sin expresión. Se llevaba el brazo derecho por arriba del hombro, como para tocar un bulto que llevaba sobre la espalda, y que ahora quiero ver como metáfora de las penurias de ese crisol de razas y costumbres que somos los mexicanos.

Me han dicho que no soy el único que lo ha visto. El significado que le doy al encuentro es que, tal vez, se trató de algún antepasado mío que vino a recordarme que éste es mi tiempo y que debo dejar de mortificarme y enfocar mi energía en ser feliz.

Con esto en mente, pasé del temor a la reconciliación con el pasado. A pensar que vivos y muertos estamos aquí cumpliendo, a paso lento o a paso veloz, una misión. Que vida y muerte son los polos de un continuum eterno.