Joel Hurtado Ramón
En primer lugar, Trump ha llegado hasta dónde ha llegado porque millones de norteamericanos piensan exactamente igual que él. Y dos: es un imbécil, pero podría este no ser su peor defecto. Aaron James
Cuando hace algunos años vi por primera vez una serie de “Los Simpson” de inmediato identifiqué al personaje principal, llamado Homero, con el estaunidense medio. Esa fue la primera impresión que me dio y en realidad no me agradó porque lo sentí demasiado vulgar y grotesco, a pesar de que muchos niños, jóvenes y adultos se divierten con él porque les parece gracioso, a tal grado, tengo entendido, es una de las series más vistas y antiguas de la televisión en el mundo.
Esto lo traigo a colación porque ahora que triunfó Trump fue precisamente con el voto del ciudadano medio de esa nación y no precisamente con la mayoría de sus conciudadanos, ya que el voto popular así lo indica.
En Estados Unidos el éxito lo representa el sueño americano, hacer dinero sobre todas las cosas sin importar la forma y manera como se haga, por eso el magnate inescrupuloso, xenófobo, misógino y racista, a pesar de todas sus limitaciones humanas es para esa corriente un ejemplo a seguir, de ahí que se haya levantado con un triunfo que se pensaba no conseguiría.
Ahora que todo está consumado la imaginaria pesadilla ha pasado de ser eso a una cruenta realidad.
Los inmigrantes ya comenzaron a ser acosados, a pesar de que muchos tienen sus papeles en regla y algunos otros no se les permite entrar al territorio estaunidense por su color o religión.
El muro que siempre dijo que levantaría, siendo una de sus principales banderas de campaña, ya pasó de la idea a la acción al firmar el documento que lo legitima de acuerdo a su política interior, con la amenaza, correspondiente, de que el estado mexicano lo tiene que pagar a través de imponer impuestos arancelarios a todas exportaciones que hagamos.
Sin embargo muchos personajes relevantes lo siguen criticando por su desmesurada actitud, sin que a él esto le importe un bledo, de acuerdo a su soberbia ya demostrada.
Existen quienes lo definen como un autócrata empedernido que nunca miente cuando habla, porque aun cuando diga barrabasada y media el siempre cree lo que dice.
Trump, a diferencia de la mayoría de los políticos que siempre mienten cínicamente y sin rubor alguno, no miente, dice lo que piensa porque está seguro de que lo que dice es la verdad: su verdad y además está dispuesto a cumplirla.
Si él dice que los mexicanos somos violadores y asesinos está seguro de su certeza.
Si dice que todos los musulmanes son unos barbaros terroristas está diciendo la verdad: su verdad.
Es por esos motivos que tiene que combatirlos o combatirnos, porque como el Cid Campeador debe de ganar sus batallas aun cuando esté muerto y eso es lo que lo hace peligroso.
Adolfo Hitler decía que los judíos eran los causantes de todos los males, no solo de Alemania sino del mundo entero, por eso había que combatirlos hasta la solución final y eso fue lo que nos llevó a una segunda guerra mundial.
El filósofo Aaron James en su libro titulado “Trump: Ensayo sobre la imbecilidad” no duda en absoluto que Trump es un hombre peligroso.
Por su parte el crítico literario Óscar García Blesa afirma que existe cierta tendencia a confundir un imbécil con un idiota, o incluso con un estúpido. Pero también dice que no son lo mismo. El estúpido suele ser desconsiderado por sistema, producto de su escaso sentido común, aunque no duda en disculparse llegado el caso. El idiota es idiota por su ignorancia, es consciente del acto que está llevando a cabo y sin embargo lo realiza de todas formas. Lo hace porque no le da para hacer un acto más inteligente, sencillamente no da para más. En cambio, el imbécil es plenamente consciente del acto que está realizando. El problema, y ahí estriba su peligrosidad, es que lo ha planeado y ha desarrollado estrategias para ascender socialmente a base de imbecilidades. El acto de imbecilidad, a diferencia del de la idiotez o estupidez, está orientado a la aceptación de los que considera sus pares. Es decir, va dirigido hacia un grupo específico. Y aquí es cuando saltan las alarmas: ese grupo específico tiene forma de decenas de millones de votos. Poca broma, escribe con preocupación.
En cuanto a James no escatima en detalles cuando describe a la clase política. Según él, los políticos (en general, de cualquier partido, en cualquier país) creen que su mierda no apesta. Trump es distinto. Él está metido en la mierda hasta el cuello y sigue siendo rico, y lo hace sin perder el rubio de su pelo ni el rosa de su cara. Es decir, justo lo que necesitaba el votante norteamericano, el Homero Simpson que nunca piensa y menos reflexiona, sino no hubiera cometido la estupidez de elegirlo, creo yo.
El autor acierta al descubrir las claves del éxito de Trump, o lo que es lo mismo, ¿cómo demonios un personaje así ha llegado a ser candidato a presidir los Estados Unidos? (el libro fue escrito antes de las elecciones) Sencillo: los políticos mienten, todos. Y Trump también, por supuesto. Pero a diferencia de los políticos de “oficio”, él miente sinceramente. ¡Claro que suelta embustes cada cinco minutos!, pero son las mentiras que lleva contando desde siempre, las que todos conocen, por lo que, y aquí viene la gran paradoja, no existe sensación de que te esté engañando.
Hitler nos llevó a la segunda guerra mundial siguiendo “su verdad”, ¿hasta dónde nos llevará Donald Trump siguiendo la suya?