Las relaciones entre Trump y su jefe de gabinete estaban completamente rotas y algunos medios norteamericanos informaron el viernes de que ambos no se hablan desde hacía días. Kelly, general retirado del Marine Corps, estaba enfrentado con los miembros más radicales de la Administración Trump, como el consejero de Seguridad Nacional John Bolton.

La fulgurante carrera de Kelly en la Administración Trump ha durado dos años y acaba de forma abrupta y amarga para él. Se estrenó como secretario (ministro) del Interior y su estilo militar le granjeó la simpatía del presidente, que le encargó poner fin al caos que reinaba en la Casa Blanca cuando era jefe de gabinete su predecesor, Reince Priebus. Kelly ha impuesto disciplina, pero no ha podido domar a Trump.

La ruptura entre ambos quedó patente en julio durante una visita de Trump a Bruselas. En un desayuno con el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, el presidente norteamericano dijo que «Alemania está completamente dominada por Rusia». Kelly, sentado a un extremo de la mesa, hizo una mueca. Su disgusto al oír esas palabras era patente, pero la Casa Blanca emitió un implausible comunicando diciendo que «al general no le gustó el desayuno que sirvieron».

Las expresiones faciales de Kelly ante los instintos más primarios del presidente se han convertido en objeto de todo tipo de análisis político. En agosto de 2017, cuando Trump dijo de forma improvisada en una rueda de prensa en su torre de Nueva York que la culpa de los disturbios provocados por neonazis en Virginia la tenían también las víctimas, por provocar, Kelly cruzó los brazos, encogió los hombros y clavó la mirada en el suelo.

Con Kelly abandona la Casa Blanca uno de los últimos republicanos moderados que llegaron con Trump al inicio de su presidencia. Antes que él han salido el general y consejero de Seguridad Nacional H.R. McMaster, el asesor financiero Gary Cohn y el secretario de Estado Rex Tillerson. Este último, por cierto, dijo en una entrevista el jueves que el presidente «es indisciplinado y no le gusta leer» tras lo cual Trump le llamó «vago y bobo».

También se ha deshecho Trump de fieles defensores de su agenda, como el fiscal general Jeff Sessions, despedido hace un mes de forma brusca y sin honores. En realidad Sessions, un político muy conservador con gran experiencia en el Senado, tenía los días contados desde que se recusó de la investigación de la trama rusa por sus contactos previos con el Kremlin.

El mes pasado el todavía jefe de gabinete acabó a gritos una discusión sobre política migratoria con Bolton, el asesor de Seguridad Nacional. Kelly se oponía al despliegue de miles de soldados en la frontera y a los cambios anunciados por Trump sobre las políticas de asilo y concesión de nacionalidad. Trump se puso del lado de Bolton, y luego su equipo filtró los detalles de la discusión a la prensa.

Kelly tenía ya pistas de que no duraría mucho tiempo en el puesto.