David Quitano        

El concepto de lo mejor es un resultado natural de la evolución misma

José Ingenieros

Durante los primeros días del presente año he tenido la grata oportunidad de leer una de esas obras, que te sirven para reflexionar sobre los problemas de nuestra época, siempre he considerado que los textos más saneadores para el hálito social, son aquellas que nos conducen a entender lo que estamos viviendo, y hacia dónde vamos como especie.

En ese sentido, llegó un libro de Daniel Innerarity profesor de ciencias sociales de la Universidad del País Vasco, titulada “La democracia del conocimiento” el propio nombre llamó en mí la atención desde que lo vi en el sillón donde reposaba; esto se debe a que durante mucho tiempo me he dado a la tarea por entender qué es la democracia, y las diversas formas de representación social de la misma, sin duda, hablar de democratizar el conocimiento me parece una muy humana causa.

Lo interesante más allá de los grandes hallazgos y tópicos narrativos de la obra, es la aportación en sentido material que nos pueda otorgar para contribuir de manera personal al entendimiento de la nueva geometría pública.

Innerarity menciona que el conocimiento, más que un medio para saber es un instrumento para convivir. Su función más importante no consiste en reflejar una supuesta verdad objetiva, adecuando nuestras percepciones a la realidad exterior, sino en convertirse en el dispositivo más poderoso a la hora de configurar un espacio democrático de vida común entre los seres humanos.

En la obra se menciona que el más escaso de los recurso es la atención y de que la gestionemos adecuadamente depende muchas cosas. La sociedad del conocimiento se define como aquella en la que se han institucionalizado mecanismo reflexivos en todos los ámbitos funcionales.

Ante ello, podemos comenzar a reflexionar cómo el conocimiento es el gran angular de la historia, por tanto la resonancia que se pueda dar desde los diversos ámbitos en los cuales el ser humano se desarrolle, depende en gran medida de la gestión del conocimiento.

El gran desafío de una sociedad del conocimiento es la generación de inteligencia colectiva. Lo que en la sociedad industrial era la división del trabajo hoy es la división del saber, es decir, la articulación del saber que se encuentra disperso en la sociedad.

Hay incertidumbre en cuando a los riesgos y las consecuencias de las acciones ignorantes, pero también incertidumbre normativa y de legitimidad.  Resalta el autor, que lo que hace la ciencia es transformar la ignorancia en incertidumbre e inseguridad.

De tal suerte, que si contamos en determinado momento con un gobierno ignorante, más allá de todo, es intrínsecamente inseguro y poco asertivo.

Si en otras épocas los métodos dominantes para combatir la ignorancia consistían en eliminarla, los planteamientos actuales asumen que hay una dimensión irreductible en la ignorancia, por lo que debemos entenderla, tolerarla e incluso servirnos de ella y considerarla un recurso.

La sociedad del conocimiento se puede caracterizar precisamente como una sociedad que ha de aprender a gestionar ese desconocimiento.  La politización del <no saber> se hicieron patentes en el marco de las controversias acerca de la política tecnológica a partir de los años setenta, lo que para unos fundamentalmente motivo de temor, despertaba para otros expectativas prometedoras.

Ese punto de inflexión presenta a la paradoja de la sociedad del conocimiento, donde el saber pluraliza y descentraliza, esto resulta más frágil y contestable, lo que afecta necesariamente al poder, pues estábamos acostumbrados, siguiendo el principio de Bacon, a que el saber fortaleciera al poder, mientras ahora es justo lo contrario el “saber” debilita al poder.

Lo que ha tenido lugar es una creciente pluralización y dispersión del saber que lo desmonopoliza y hace muy contestable, generando una constelación donde hay que aprender a moverse en un entorno que ya no es de claras relaciones entre causa y efecto, sino borroso y caótico.

Brillantemente el autor nos plantea que las sociedades contemporáneas tienen que desarrollar no sólo la competencia para solucionar problemas, sino también la capacidad de reaccionar adecuadamente ante lo inesperado.

A lo cual sumaría, la discusión de lo “políticamente correcto” y las mentiras “socialmente aceptadas” estos dos conceptos están cerrando camino al conocimiento científico, la pluralidad y la verdadera libertad de expresión, en una humanidad que permea la innovación al compas del dogma.

Hoy los medios electrónicos nos hacen sospechar que todos hablan masivamente, pero pocos en realidad tienen argumentos que valgan la pena; otra lectura sería entender cómo el desconocimiento masivo como tal, es el tema que se debe tratar a fin de elevar el debate y pasar de los adjetivos al mundo de las ideas.

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