Entre Columnas
Martín Quitano Martínez

La intolerancia es en sí misma una forma de violencia                                                                                                                         y un obstáculo al crecimiento del verdadero espíritu democrático.

Mahatma Gandhi.

Los eventos de Tlahuelilpan, además de una tragedia humana e institucional, se ha convertido en la más reciente referencia de nuestro descompuesto entorno sociopolítico, en la que la muerte acompaña las expresiones de una vida social sin control, con taras evidentes provocadas por el abandono institucional, ambientada en los golpes diarios de una vida definida por la pobreza, la ignorancia, la corrupción y la arbitrariedad.

Esa es tristemente una numerosa parte de nuestra realidad mexicana. La misma que desnuda, que pone en entredicho, las visiones bicolores donde solo hay mexicanos buenos y malos. Es claro que una realidad social como la que enfrentamos con estos hechos, es mucho más que eso.

Somos una sociedad que pervive en un mundo de contradicciones, que avanza o retrocede a partir de un pueblo que acude a su historia, que sortea su realidad con los elementos a su alcance con todo lo que ello conlleva. Sociedad producto del vacío institucional, de la apatía administrativa y jurídica, daños colaterales de la fiesta del río revuelto, de la corrupción y la impunidad.

La desdicha de nuestro pueblo todo, está en los Tlahulilpan cotidianos de las muertes por la violencia y la impunidad, está en el resquebrajamiento social que se hace presente en la rapiña que realiza el “pueblo” que reclama para sí una parte del botín.

El pueblo ni es totalmente sabio, ni totalmente bueno, como tampoco es totalmente malo e ignorante. El pueblo mexicano es esa conformación de sociedad que se muestra hoy más que nunca descarnada en sus debilidades, que oscila en claroscuros, en multiplicidad de visiones que no podrán acomodarse más que cuando nos reconozcamos en el espejo de nuestras precariedades y hagamos los esfuerzos necesarios para reparar nuestro rostro maltrecho, deforme.

Un rostro y circunstancia que puede y debe recomponerse con tolerancia y generosidad por lo distinto, evitando caer en la trampa reduccionista de la suma cero, en la que tu pierdes lo que yo gano, el engaño retórico de patriotas y antipatriotas, de conmigo o contra mí. Enfrentemos una regeneración social que nos incluya a todos, que nos reconozca en la pluralidad, en la multietnicidad, en la diversidad de todos los órdenes.

Las pautas sociales generadas por la crispación, por la polarización existente, obnubila el entendimiento y nos acerca al precipicio que la intolerancia construye. Los desencuentros y la irascibilidad abandonan la ruta de respeto y cierran opciones libertarias, abriendo la puerta al autoritarismo, a la imposición de la fuerza y no de la razón y la tolerancia.

Nunca como ahora se necesita que los gobiernos tengan altura de miras y rompan sus visiones monocolores. Nunca como ahora la sociedad tiene que encontrar coincidencias para enfrentar los problemas que nos aquejan a las mayorías. Nunca como ahora debemos asir las correas que nos permitan establecer diálogos serios y urgentes para mirarnos en los otros, en los distintos, que seguramente como nosotros, también piensan que existe un mejor futuro para todos.

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

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