Política al Día

Por Atticuss Licona

No se debe infravalorar la magnitud del cambio en el sistema de la Cuarta Transformación idealizada por Andrés Manuel López Obrador. Ésta tocará, eventualmente, todas las fibras de la sociedad mexicana. Tardará en tocarlas, pero lo hará.
Como cada nuevo año muchos han vuelto a sus trabajos. Sin embargo, una abrumadora mayoría regresó a esa vida cotidiana arrastrando los pies, con la cabeza baja y sin mayor anhelo más que esperar cobrar una nueva quincena. Son hordas los que se levantan con los primeros rayos del Sol y salen a luchar por la vida en uno, dos o más trabajos distintos.
Por la noche, aquellos bien peinados hombres y engalanadas mujeres, vuelven a sus casas cansados, hastiados, con el ánimo suficiente para preparar lo necesario para el día siguiente y tumbarse en la cama a ver en la televisión algún programa que exija la menor cantidad de intelecto posible. El fin de semana disfrutaremos, prometen a los niños, mientras estos ven cómo sus implacables padres salen muy contentos y regresan hechos unos fiambres. El desgaste es lento pero inexorable, como las piedras gastándose por el roce del agua.
Hace algunas décadas la vida en México era mejor, los jóvenes egresaban de las facultades y para muchos era el fin del camino. El trabajo garantizado y la promesa de la accesibilidad a una casa, un Fordcito, una educación pública aceptable para los hijos y la posibilidad de que un padre se quedara en casa, bastaba para que el sueño de egresar de la Universidad fuera un apetitoso objetivo familiar.
La vida en México ha cambiado: los trabajos dejaron de ser bien pagados, los créditos hipotecarios se volvieron caros e inaccesibles, la educación pública se deterioró, ambos padres tuvieron que trabajar y los hijos se quedaron al bien o mal recaudo de familiares o extraños. Una licenciatura pronto dejó de ser suficiente, las maestrías se abarataron y los doctorados se convirtieron en accesorios de los jóvenes. México ya no tiene esa promesa de futuro para los mejor preparados. La ley del más fuerte, el mejor apadrinado, del tráfico de influencias y puestos meritorios, ensombrecieron el futuro de los jóvenes mexicanos.
Lo anterior no es comprensible solo para el gobierno mexicano, sino para todo un rancio sistema de élite mundial ha preferido ampliar la brecha de la desigualdad. Tampoco se deben cargar todas las pulgas a los gobiernos anteriores. Es y ha sido una tendencia mundial.
Pero se puede. Se puede en una actitud progresista ser populista, porque el populismo peyorativo solo está en las mentes y en los panfletos. Se puede en un ánimo populista ofrecerles un futuro a los jóvenes, se puede valorar la magnitud del cambio propuesto por López Obrador, se puede tocar las fibras de la sociedad y el sistema político mexicano.
No será inmediato el resultado. No será pronto. Pero lo veremos.
Coloquialmente a quienes ni estudian ni trabajan se les llama Ninis, se les dice así porque somos políticamente correctos aunque en redes sociales muchos no tengan empacho en decirles “güevones”, como si de ellos dependiera o fuera una condición sine qua non el serlo. Soy Nini, ergo soy güevón.
En enero de este año AMLO arranca el programa “Jóvenes construyendo el futuro”, con el que intenta vincular a 2.3 millones de jóvenes a una vida productiva aunque sea temporal. Durante un año completo miles de jóvenes volverán a sentirse útiles y productivos, con la añoranza de que los voraces patrones que reciben y dispersan el estipendio gubernamental comprueben que en ellos hay valor y finalmente los contraten.
López Obrador va dejando a su paso incómodos rastros de sus obsesivas ideas y sus comportamientos compulsivos con los que pretende quitar el óxido a los engranes de México. No gusta a muchos (no tiene por qué gustar a todos), pero más allá de la falsa dialéctica con que muchos cuestionamos todo, también está la verdadera esencia de un México que no siempre estuvo mal y de un país que puede estar mejor.
AMLO cometerá errores en el camino, pero a partir de hoy millones de jóvenes podrán llegar a sus casas con el ánimo y la fuerza que ya no tienen sus padres, y estos podrán silenciar la televisión para decirle a sus hijos Qué bueno que llegaste, para después, cansado, volverle a subir al televisor sintiendo la plenitud porque no hay mayor éxito que ver a los hijos desarrollados.
Eso, ese futuro y ese presente, bien vale la pena por una transformación incómoda.
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