Serpientes y Escaleras
Por Salvador García Soto
Los primeros 100 días de su Gobierno no son, seguro, como los imaginó el presidente de la cuarta transformación. Para estas fechas Andrés Manuel López Obrador se imaginaba tener ya en marcha y fluyendo sus principales programas sociales con apoyos económicos directos que ya estuvieran llegando a los sectores más necesitados. Se veía –porque así lo ofreció en su arranque– con un país que ya empezaba a caminar en la senda de la pacificación, con menos asesinatos y violencia, y con un gabinete contagiado e imbuido de la enorme energía e hiperactividad que él le ha imprimido a los primeros tres meses de su Administración.

Pero en la realidad, este lunes, cuando rinda su primer “miniinforme” de este corto periodo, el Jefe del Ejecutivo no tendrá muchas cifras ni datos concretos para presumir. Los números de inscripción y entrega de la mayoría de sus programas prioritarios aún son muy bajos, en parte por el burocratismo y lentitud de un nuevo Gobierno, y en parte porque los recursos no han fluido aún desde la Secretaría de Hacienda a las dependencias encargadas de dispersar esos apoyos como las secretarías del Bienestar, del Trabajo o el IMSS entre otras. Tampoco en seguridad hay mucho de que ufanarse, más allá de la aprobación, nada menor, de su reforma constitucional de la Guardia Nacional, avalada por unanimidad por el Congreso federal y los congresos estatales, la crisis de seguridad y los homicidios violentos en la República no ha disminuido en la nueva Administración.

En lo que sí podrá jactarse y mostrarse totalmente triunfante el presidente López Obrador es en la forma de hacer política. La aceptación y la revolución que ha provocado en el país, en la sociedad política y entre la gente su estilo de gobernar y de comunicar, son de sus grandes logros, junto con sus estrategias contra la corrupción y el robo de combustibles, que han resultado altamente efectivas –más en la percepción que en los números concretos– y representan dos líneas contundentes que explican dos cosas que se han consolidado y crecido en estos 100 días: por un lado sus niveles de aceptación y popularidad (85% según las últimas encuestas) y por el otro la enorme expectativa, emoción y motivación social para apoyar la transformación que propone su movimiento político.

Un ritmo impetuoso pero disparejo. El ritmo incansable que ha mostrado en estos primeros meses de su presidencia será otro de los activos con los que llega el Presidente a este primer trimestre de Gobierno. Difícilmente hay otro presidente de la historia reciente que haya iniciado su sexenio con el mismo ritmo de trabajo y de presencia política y mediática que tiene López Obrador. Sus constantes giras por los estados de la República y la cercanía que mantiene con la población, son parte de la estrategia con la que la imagen presidencia sigue ganando terreno y aprobación popular.

Lamentablemente para el Presidente su Gabinete no se está moviendo al mismo ritmo que él; si bien la estrategia está diseñada para que sea su imagen, su discurso y su presencia sobresalga por encima de todos sus colaboradores, la realidad es que la mayor parte de los secretarios aparece muy por detrás de la figura de su jefe y muy por debajo del nivel de efectividad que muestra el Presidente. Casi ninguno de ellos tiene una imagen propia, muy pocos de ellos pueden funcionar en caso necesario como contrapeso y ninguno es capaz de comunicar con el mismo carisma y contundencia con la que lo hace el titular del Ejecutivo.

Disparidad entre lo político y la economía. El otro flanco débil con el que arriba Andrés Manuel López Obrador a estos 100 días es la falta de contundencia y eficiencia de su política económica. Si bien la emoción social que provoca su presidencia se refleja en algunos indicadores positivos como un alto Índice de Confianza del Consumidor, un tipo de cambio estable, una relación cercana y casi de “luna de miel” con los empresarios más grandes del país y un crecimiento histórico del salario mínimo, las proyecciones y pronósticos, cada vez más recortados sobre el crecimiento de la economía, representan una losa para la meta del crecimiento del 4% que pregona el Presidente y un panorama preocupante para la estabilidad económica del país.

La contundencia y la efectividad de su política interna son totalmente disparejas con la falta de claridad y certidumbre que transmite su política económica y de inversiones para el país. La confrontación con las calificadoras internacionales, a partir de las notas negativas a Pemex y la CFE, es un tema que preocupa por las consecuencias que puede tener para la calificación crediticia no sólo de esas empresas sino de todo el país.

Tal vez tenga razón el Presidente en sus reclamos y reproches a las calificadoras como Standar and Poor´s y Moody´s por castigar tan duramente a su Gobierno y no tomar en cuenta los esfuerzos por el combate a la corrupción en Pemex y CFE, pero difícilmente el Gobierno de México podrá cambiar toda una mecánica y el papel que juegan esas agencias en el mercado mundial de inversiones y, más que confrontarse políticamente con ellas, López Obrador debería poner a trabajar a sus operadores financieros para hacer la labor necesaria de información, cabildeo, presentación de planes y estrategias y hasta de relaciones públicas con esas firmas que también son parte de la política internacional que puede, manipulando la confianza de los inversionistas, levantar o hundir a la economía de todo un país.

Mensaje de expectativas y discurso político. Por todo ello, en el balance de los avances y los primeros logros, pero también de los atorones y la lentitud en el arranque de este Gobierno, el Presidente recurrirá este lunes, en su mensaje a los mexicanos, a algo que le ayudará a minimizar el disparejo andar de su Gobierno, con su mayor y más efectiva herramienta como gobernante: el discurso político y motivacional que volverá a venderle a los mexicanos la enorme expectativa de un cambio y una transformación históricas que están apenas comenzando, que enfrentan “resistencias de los conservadores” y que aún tienen que revertir las perversas herencias de 30 años del “fallido y corrompido modelo neoliberal” del que son la mayoría de las culpas de lo que aún no empieza a revertirse en la cuarta transformación.

Todo va bien, vamos muy bien, “bateando arriba de 300”, muy seguramente nos dirá el Presidente, y lo que no va bien no es atribuible a fallas, errores o disparidades en su Gobierno, sino a la perversión y la corrupción de sus antecesores. Y así empezará su ruta hacia los siguientes 100 días y su paso triunfal a la primera aduana electoral del 2 de junio donde, todo indica, será la primera ratificación política de su Gobierno.