Por David Quitano Díaz

El amor se hace más grande y noble en la calamidad

Gabriel García Márquez

Ayer un alumno me envió una columna que se llama “AMLO en clave de Silvio” donde narra la relación que existe entre las letras del trovador cubano y las convicciones del Presidente de México, sin duda, para quienes en nuestra juventud, pero propiamente en la Universidad Pública, entonamos dichas canciones, evoca cierta nostalgia, por el efecto y la vinculación existente, entre la letra y lo que impregnaba al espíritu soñador que ahí orbitan de forma honda.

En lo personal también me hizo recordar, una obra que leí con agrado por aquellos menesteres, la cual lleva por título “El romanticismo social” de Roger Picard, la cual es un estudio clásico de la sociología, que describe profunda y puntualmente la presencia del sentimiento romántico, característico del siglo XIX francés, en múltiples campos del conocimiento: trátese, de literatura, novela, teatro o poesía; ya de pensamiento político y social, en la formulación de utopías socialistas o del feminismo aún en ciernes, los sentimientos románticos- menciona el autor- son el punto de partida de un gran número de enunciaciones.

Picard analiza tanto obras famosas como personajes que el tiempo borró de la memoria, para evidenciar los lazos que existieron entre el romanticismo y las transformaciones políticas.

Lo que me hace reflexionar, sobre la cercanía existente entre la construcción literaria, musical y semiótica, y un movimiento que cuenta con expresiones que evoquen diversos aspectos fundados en la heroicidad, misma que por principio se da, cuando lo pequeño, escaso, lo cercano, triunfa sobre el status quo, esto en cierta medida es lo que permitió forjar al Presidente López Obrador – más allá de la estrategia política- un cardumen de votantes en el cual, la mayoría de las casillas fue 5 de 5.

Esta pujante teoría, también alimenta el sentido contrario, en donde por ausencia de literatura o por contar con música que incitan a la apología al crimen, tenemos escenarios tan distantes, que aquejan el funcionamiento de las instituciones de seguridad.

Lo que nos hiciera parecer que cada disparo es ausencia de literatura. Cada intriga es ausencia de paz interior. Cada anhelo de seguridad, un futuro menos próspero.

Digamos por lo tanto, que la literatura es la matriz de todo ello que nos conduce a la distinción fundamental que la hace posible: ficción, realidad. La literatura resguarda en sus adentros las posibilidades de la ficción. Que no entenderemos como lo opuesto a la realidad. (Tomado de Mara Negrón en Literatura y democracia)

Nos dice Mara, que la realidad cohabita simultáneamente en el sujeto con la imaginación y la fantasía. ¿No es eso lo que articula Freud cuando nos habla de los sueños o de los actos fallidos? El sujeto es pues un conjunto de planos superpuestos en el que convergen la dimensión de la realidad a la vez que la imaginación.

Por ejemplo, la Geografía, o las narraciones sobre las regiones pobres del país expresadas a través de la historia y los aspectos sociológicos de esos lugares las he podido sentir por medio de las letras.

Hoy 6 de marzo que se celebra el nacimiento de Gabriel García Márquez, a través del recuerdo pude sentir lugares a los que no fui, pero que sí leí, por medio del estímulo de los sentidos; la pestilencia en El amor en los tiempos del cólera, el calor de Macondo en 100 años de soledad, el olor a café recalentado en El coronel no tiene quien le escriba y el color del engrudo de los pasquines en La mala hora.

Esto, exhibe la vinculación entre la literatura y democracia, así van juntas. Las literaturas serían el lugar desde donde pensar las posibilidades infinitas de las democracias por-venir en tanto que lugares donde se ensaya el poder «acontecimiental» de la ficción.

De esa envergadura es la cultura, la libertad como concepto preconcebido en la palabra libro.