Prosa aprisa
Por Arturo Reyes Isidoro

¡Vaya! Solo porque el delegado federal de Programas Sociales, Manuel Huerta, reaccionó reprobando un caso de nepotismo de la Secretaria del Trabajo, Previsión Social y Productividad del gobierno del Estado, María Guadalupe Argüelles Lozano, ayer martes la hicieron a que diera marcha atrás aunque quedó de manifiesto la falta de ética y de observancia a la no violación del principio de interés que guía a algunos funcionarios de la nueva administración.

Resulta que la funcionaria confesó sin ningún rubor a los trabajadores de la dependencia que había nombrado a su hijita Quetzalli (“Quetzallita” para sus amigos y familiares) como jefa del Departamento Jurídico y de Amparos en la Secretaría a su cargo.

En un video que circuló en las redes sociales al inicio de semana y que se hizo llegar a los medios y a columnistas, se escucha a la señora Argüelles informar a los trabajadores de la designación de su retoño, aunque, eso sí, muy digna, al más viejo estilo priista para tratar de justificar lo injustificable, se volcó en explicaciones.

Eludiendo que se trataba de un claro y abierto acto de nepotismo y de conflicto de interés, expresando que era ya parte de la “transformación”, les dijo que había nombrado a su muñeca porque “es honesta, tiene el perfil y participó de manera destacada para que se diera el cambio verdadero” y porque cumplió con todos los requisitos para obtener el empleo y pasó los tres filtros que pidió el gobernador del Estado.

Con su argumento quería justificar que haber participado en la campaña de Morena les daba el derecho a violar principios éticos y caer en un verdadero acto de corrupción.

Una definición de nepotismo (https://definición.de/nepotismo/) dice: “En los Estados donde rige la meritocracia (un sistema para el cual el mérito justifica el ascenso en el marco de una escala jerárquica), el nepotismo está considerado como un acto de corrupción. No se acepta, a nivel social, que un dirigente político decida destinar recursos públicos a un familiar o amigo por cuestiones de simpatía o afecto”. Pero resulta que la flamante funcionaria de Morena había decidido que sí.

Argumentando que es una mujer honesta (honestísima, mjú) y que impulsa la transparencia (muy transparente además, mjú y retemjú), doña María Guadalupe hizo el anuncio a los pasmados trabajadores que la escuchaban, “para evitar malos entendidos” (¡cajúm, cajúm!).

“No va a ser un tema de esconder, porque yo como secretaria se los voy a informar, porque es mi obligación decirles a ustedes cómo están las cosas y de mi parte van a tener siempre esa información… en esta semana tomé la decisión de nombrar en el área de amparos a la licenciada Quetzalli Cárdenas Argüelles”, dijo la arrojada mujer, mientras tan emocionada estaba que no se daba cuenta que la estaban videograbando.

Destacó que no se trataba de un caso de nepotismo, que su hijita se había ganado el puesto con su esfuerzo, que nada había tenido que ver que fuera parte de su familia y que por eso no había tenido ningún empacho en meterla a la nómina (con un jugoso sueldo y compensación).

“Es mi hija y no por ser mi hija está ahí, sino porque es parte de esta transformación y por eso se los informo, para que no se diga que esto es nepotismo, ella es una empleada más como todos ustedes y como tal va a ser tratada”, insistió, equiparando al nepotismo con la cuarta transformación, y solo le faltó rematar: ¡Viva la Cuarta Transformación!

La avispada reportera Claudia Montero (alcalorpolitico.com) se dio a la tarea de investigar el mismo domingo cuando se conoció el video, y obtuvo que con el nombramiento se violaba la Ley de Responsabilidades Administrativas para el estado de Veracruz, que en el artículo 2 fracción V señala como conflicto de interés la posible afectación del desempeño imparcial y objetivo de las funciones de los servidores públicos, en razón de intereses personales, familiares o de negocios.

Vivir para contarla, como tituló García Márquez su libro de relatos autobiográficos (dijo que serían tres, salió solo uno), no me imaginé que viviría más de cuarenta años después de que sucedió, para comentar la repetición de un acto de nepotismo tan descarado como el del presidente priista José López Portillo (Jolopo) (1976-1982), quien nombró a su hijo José Ramón como Subsecretario de Programación y Presupuesto y todavía proclamó que era “el orgullo de mi nepotismo”.

Ya me había propuesto enviarle un mensaje a la Secretaria Argüelles Lozano diciéndole que no fuera menos, que no dejara mal a Morena y a la Cuarta Transformación, que buscara y viera a cuántos familiares más podía colocar pues López Portillo designó también a su hermana Alicia como su secretaria particular, a su hermana Margarita como directora de Radio, Televisión y Cinematografía, a su amante Rosa Luz Alegría como Secretaria de Turismo, a su primo Guillermo López Portillo como director del Instituto Nacional del Deporte, y a un cuñado suyo como oficial mayor de la Comisión Federal de Electricidad.

Pero Manuel Huerta acabó con el numerito al declarar ayer que en caso de que existiera nepotismo en la Secretaría del Trabajo se debería revisar y actuar pues estaba seguro que el gobernador Cuitláhuac García no estaba de acuerdo con ello, que esa no era la forma de actuar de Morena y que el presidente López Obrador había sido muy claro sobre ese tema; que se trataba de un caso de principios y de ética.

“Este no es el actuar del gobierno, en el sentido de que los familiares ocupen cargos, inclusive en algunos casos está normado en relación a los familiares; el presidente Andrés Manuel López Obrador ha sido un ejemplo de ello”.

El escándalo detonó el domingo, pero inexplicablemente, o porque pensaban no molestar a Quetzallita, o porque el Secretario de Gobierno –quien debe cuidar estas cosas– se fue al Carnaval del puerto, o de puente, en el gobierno dejaron pasar los días sin decir nada, y no fue sino hasta ayer cuando a la orgullo del nepotismo de doña María Guadalupe la enviaron de patitas a su casa tras las palabras de Manuel Huerta.

Como consecuencia, en lugar de que la Secretaria diera la cara y respondiera, lo tuvo que salir a hacer el gobernador, quien negó la especie aunque aceptó que “sí tuvo la intención”.

El gobernador, pues, cargando otra vez el muerto y defendiendo a los malos funcionarios de su administración. Con ellos, para que quiere enemigos. A ver si no sale ahora doña María Guadalupe diciendo que fue culpa de Winckler, que él grabó, editó y filtró la videograbación, pues es el villano favorito (¿habrán pensado que no les conviene que se vaya el Fiscal pues si no entonces a quién le van a echar la culpa de todo lo que hacen o dicen mal?).

Una cosa queda clara: Manuel Huerta desde fuera se da bien cuenta de que –para usar una expresión popular– la están regando. Ahora era tan grave el caso que no se contuvo de alertar que le estaban causando un gran daño a Morena y a López Obrador. Al parecer adentro no se dan cuenta, o no les interesa.

Total falta de…

No sé qué término usar (indiferencia, abulia, apatía, dejadez, abandono, desgano, desidia, negligencia)  para calificar la ausencia total tanto del gobierno del Estado como del ayuntamiento de Xalapa en casos muy especiales como en el del velatorio del querido maestro Froylán Flores Cancela. Nadie estuvo para honrar a un gran periodista veracruzano, excepcional, para presentar sus condolencias a su esposa, ni siquiera hicieron llegar, por no dejar, alguna ofrenda floral a nombre de uno u de otro. Nadie. Ausencia total, sin duda característica de las dos administraciones. Qué lamentable y triste. Y reprobable.