Rúbrica

Por Aurelio Contreras Moreno

¿Recuerda usted que alguna vez en México y en Veracruz existió un partido hegemónico surgido de la Revolución Mexicana, que mantuvo el poder de manera ininterrumpida durante más de siete décadas, durante las cuales fue prácticamente imbatible, por las buenas o por las malas?

Sí. Se trata del Partido Revolucionario Institucional. El mismo que en 2012, tras dos sexenios fuera del poder presidencial, regresó a Los Pinos –entonces aún residencia oficial- y auguraba que permanecería ahí por los menos otros 25 años más.

Un sexenio después, saldría por la puerta de atrás, más desprestigiado que nunca, repudiado por la mayoría de los mexicanos debido a sus excesos, su desmedida corrupción y su ausencia de empatía con una sociedad que, cansada de sus agravios optó, irónica y trágicamente, por darse un balazo en la sien.

Tras perder el poder en 2016 en Veracruz a causa de la brutal corrupción de Javier Duarte de Ochoa y su camarilla, el PRI y sus operadores a nivel federal intentaron lavarse la cara simulando una lucha contra ese tipo de prácticas y encarcelando a algunos como el propio ex gobernador veracruzano. Pero fue demasiado tarde. Dos años después corrieron la misma suerte electoral. Aunque se cuidaron de no transitar el mismo camino penitenciario pactando su impunidad con el régimen que los sustituyó.

Vacío de propuestas, desprovisto de liderazgos, el PRI deambula como muerto viviente. De hecho, se resiste a aceptar que está muerto e intenta continuar en la arena política como si nada hubiese pasado. Incluso, como si todavía estuviera en la “plenitud del pinche poder”.

Eso quedó de manifiesto en el reciente proceso interno de “elección” de su nueva dirigencia estatal en Veracruz, en el que brotaron las mismas prácticas fraudulentas que parecen llevar en su ADN y a pesar de las cuales, fue validado por sus órganos locales y por el Comité Ejecutivo Nacional priista como si de un ejemplo de democracia se tratase.

Tanto así, que este martes la dirigente nacional del Revolucionario Institucional, Claudia Ruiz Massieu, acudió personalmente a levantarle la mano a los nuevos dirigentes, aun cuando están en curso dos demandas de juicio de nulidad del proceso presentadas por dos de los contendientes, Damara Gómez y Adolfo Ramírez, quienes acusan que la elección interna estuvo viciada, de entrada, porque ni siquiera cuentan con un padrón de militantes definitivo y confiable.

En otras circunstancias, este tema estaría cerrado, la elección priista sería cosa juzgada y de alguna manera se buscaría llamar a la “unidad” y la “disciplina” a los quejosos. Pero en la coyuntura actual, el proceso todavía podría caerse, con todo y que la nueva dirigencia que encabezan Marlon Ramírez y Arianna Ángeles ya rindió protesta.

Pero más allá de que continúa revolcándose en la misma podredumbre, quizás lo más trágico para el PRI, para ese partido alguna vez omnipotente, es que ya a nadie –o casi a nadie- le importa su suerte.

Se ha vuelto ridículamente insignificante.

El instituto para celebrar la demagogia

 

El más reciente dislate presidencial anunciado en la “mañanera” de este martes y llamado de manera delirante “Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado” (no se ría, que es en serio), será otro pozo sin fondo de burocracia y demagogia para continuar dilapidando los recursos del Estado en la búsqueda de clientelas electorales.

Lo malo es que lo vamos a pagar todos los mexicanos. Como todos los demás dislates de los últimos cinco meses y medio de “4T”.

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