Prosa aprisa

Arturo Reyes Isidoro

Lector, cuando escribo estas líneas lo hago con la mayor alarma y preocupación, como ciudadano, como jefe de familia y como observador, analista y comentarista de nuestra realidad diaria.

Son tantos los hechos de violencia que tienen lugar en nuestro Estado, en nuestro entorno más cercano, que me temo que finalmente la sociedad les ha dado carta de patente y se aceptan con la mayor naturalidad como si todo el tiempo hubieran formado parte del acontecer diario.

Tres días después de un hecho de violencia con características especiales, que muestran al desnudo la descomposición social a la que se llegó en Veracruz, que debería avergonzar a los tres niveles de gobierno y a los organismos encargados de procurar e impartir justicia, todo transcurre como si no hubiera pasado nada.

Al final −y es lamentable tener que terminar reconociéndolo− como decía el exgobernador Javier Duarte aquí no pasa nada aunque pase mucho y grave. Lo preocupante es que la indiferencia ya no solo abraza a las autoridades sino también a la sociedad.

Fusilamiento

El lunes pasado, en el ejido Luis Echeverría del municipio de Las Choapas, mejor conocido como Playa Santa, un grupo de las llamadas autodefensas juzgó, condenó a muerte y fusiló a tres presuntos secuestradores y detuvo a otras personas sin que hasta hoy sepamos con precisión y oficialmente las consecuencias legales de una acción a todas luces fuera de la ley.

Tal vez los funcionarios del gobierno del Estado sean los menos interesados en que se ahonde en el asunto porque lo sucedido expuso la ausencia total de autoridad que ha llevado a que veracruzanos, sean de la condición social que sean, se tengan que hacer justicia por propia mano.

Hace casi una semana, el pasado 26 de abril, titulé esta columna: “La violencia, fuera de control”, y apunté: “Declaraciones, críticas, respuestas, justificaciones, bla bla bla. Lo cierto, lo único cierto es que la violencia está fuera de control en el Estado. Los únicos que hablan con la verdad son los hechos. Autoridades y políticos de los diversos bandos pueden decir todo lo que quieran pero el ciudadano lo que constata son los ríos de sangre y las montañas de cadáveres”.

Lo sustenté en el alto número de víctimas de homicidio, varios de ellos feminicidios en apenas cuatro meses.

Natalie Gallón, de CNN, publicó el lunes 29 de abril: “En los primeros meses de 2019, el estado costero mexicano de Veracruz se ha visto plagado de un severo derramamiento de sangre: en las calles, en tiroteos desde vehículos e incluso con una masacre en una reunión familiar.

El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública de México registró 682 homicidios en Veracruz de enero a marzo, junto con 122 secuestros.”

Fabiola Martínez informó el domingo 28 de abril en el diario La Jornada: “Ciudad de México. Veracruz registró en marzo pasado una cifra sin precedente –a escala estatal y nacional– de feminicidios acumulados en 30 días. En ese mes, 26 mujeres fueron asesinadas en esa entidad, crímenes cometidos con violencia extrema. Casi uno al día”.

No inventé ni dije nada nuevo.

Sin embargo, el mismo 26 de abril, en Minatitlán, ante el presidente López Obrador, el gobernador Cuitláhuac García negó que fuera cierto. “Es falso, y lo digo con toda seriedad, que en Veracruz la situación esté incontrolable. Sí hay sucesos que lamentamos mucho y que vamos a corregir (como si las muertes violentas se pudieran corregir) y vamos a dar con los culpables de aquellas situaciones que se han dado últimamente”.

Dos realidades distintas

Me temo que el gobernador ya perdió también la dimensión del problema. Se trata, en promedio hasta marzo, de 170 muertes violentas por mes (aunque son un poco más), sumadas a quienes están en hospitales por lesiones y a quienes están desaparecidos. Pero para él la situación está bajo control. ¿Cuántas víctimas más tiene que haber para que se acepte que la violencia está fuera de control?

No obstante su afirmación, el 29 de abril pobladores choapeños constituidos en “autodefensas” fusilaron a tres personas porque ellos mismos determinaron que eran delincuentes.

No hubo policía municipal, estatal o federal que lo evitara y si la población actuó como lo hizo fue por desconfianza, sin duda alguna, de que los entregaran y finalmente las autoridades los dejaran libres, es decir, porque no confían ni en la Fiscalía ni en el Poder Judicial. Porque están cansados de la impunidad.

Para ayer el hecho ya había sido olvidado, como si no hubiera pasado nada.

Playa Santa es el más vivo ejemplo de que en Veracruz existen pueblos fuera de la ley que se hacen justicia por propia mano, porque seguramente sus pobladores están cansados de ver que las autoridades están ausentes o no actúan y que prevalece la impunidad, que hay un vacío de autoridad.

Lo que sucedió ahí fue un hecho más que ya no conmovió ni asombró a nadie. Ya no hubo ni hay presión social para que se esclarezcan los hechos ni para que se aplique la ley contra los hombres armados que no conocen más que su ley. Pasó, fue real, pero tal parece que no pasó.

Los hechos narrados por una reportera

En una nota muy completa publicada en La Jornada Veracruz, la reportera Sayda Chinas Córdova narró que integrantes de 15 comunidades detuvieron a siete personas que habían llegado a la comunidad para realizar una serie de rituales de “sanación” (a uno le decían “El brujo”) pero a quienes presuntamente habían creído secuestradores de un menor de 13 años que había fungido como su guía.

Los visitantes iban a pedir por su salud en el ojo de agua que alimenta las cascadas de Playa Santa y negociaron que el menor los acompañara, pero no regreso esa noche a su casa porque se quedó a ver los rituales. La madre se alarmó y ahí comenzó la tragedia. Entraron entonces las autodefensas que localizaron al grupo y los llevaron al pueblo donde los amarraron.

Llegaron elementos de la Secretaría de Seguridad Pública y de la Fiscalía pero los habitantes no los dejaron entrar y se negaron a entregárselos por temor a que los liberarán enseguida, reclamando la presencia de los elementos de la Marina. Hubo una frustrada negociación y a tres de los detenidos los golpearon, los “juzgaron” y los fusilaron con disparos en la cabeza.

Sayda informó que las autodefensas de Las Choapas están ampliando su radio de acción hacia el municipio de Moloacán y que apenas la semana pasada hicieron un paseo por la localidad de Cuichapa en unidades de carga que anunciaban que iban a hacerle frente a los delincuentes. Recordó que en los municipios de Minatitlán, Tatahuicapan y Soteapan también operan esos grupos.

Tierra de nadie

El vacío, la inacción oficial, lo están llenando los propios pobladores, que ya no creen en las autoridades legalmente constituidas. No hay gobierno, no hay ley, ya no solo se trata de ciudades fantasmas sino ahora de pueblos en tierra de nadie. Y el resto de la sociedad, como si nada. Tres muertos más, ahora fusilados, presuntamente delincuentes pero también presumiblemente inocentes, qué son. Por qué alarmarse si se trató solo de tres cuando antes ya iban casi 700 y la autoridad dice que todo está bajo control.

En Veracruz no pasa nada, repetía Javier Duarte ante la alarma y los focos rojos que se habían encendido en la Ciudad de México por su desastrosa actuación como gobernante. La historia parece estarse repitiendo.