Decía el ínclito Fidel Herrera Beltrán que, en política, todo lo que cueste dinero es barato. Lo dijo un hombre sin escrúpulos, que vendió a Veracruz a Los Zetas, como si de su primogénita se tratara. Es por ello que Emilio Lozoya, viéndose acorralado por la Fiscalía General de la República, es capaz de gastarse todo el dinero de los sobornos de Odebrecht con tal de que el brazo de justicia no lo alcance.

Así debió conseguir que un juez federal le concediera la suspensión definitiva contra la orden de aprehensión emitida la semana pasada por un juez de control del Reclusorio Sur. De acuerdo con el criterio del juez, ni la defraudación fiscal, el lavado de dinero o el cohecho son delitos graves, por lo cual al exdirector de PEMEX no lo podrán detener a pesar de ser buscado por la Interpol en más de 190 países.

Por supuesto, esto no lo exime de tener que presentarse a declarar sobre las acusaciones en su contra. Lo único que está consiguiendo Lozoya con esta suspensión es tiempo, tiempo para cavar la cueva donde se esconderá el tiempo que considere necesario hasta que a los mexicanos se le olviden sus travesuras.

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