Línea Caliente

Por Edgar Hernández*

 

Si tu exterior te grita “¡No me quiero reelegir!” es porque tu interior te grita ¡Sí me quiero reelegir!

 

En el último medio siglo tres presidentes con perfiles mesiánicos, Luis Echeverría, Carlos Salinas y hoy Andrés Manuel López Obrador, en modo alguno y a su estilo, han puesto de manifiesto su afán de perpetuarse por la vía de la reelección.

El primero, Luis Echeverría Álvarez, a través de su llevada y traída “Carta de los Deberes y Derechos Económicos” y su imparable lucha internacional por encabezar la ONU, prohijó esas plataformas que le permitieron maniobrar en favor de la reelección.

Sin embargo, al no alcanzar su objetivo, buscó operar la Presidencia de la República tras bambalinas, pero su sucesor, José López Portillo no lo permitió y lo sacó del país en una situación parecida a la que se vivió en  1936 cuando Lázaro Cárdenas destierra a Plutarco Elías Calles. 

El segundo, el tristemente célebre, Carlos Salinas de Gortari, al tercer año de su mandato, en 1993, hizo un primer intento reeleccionista, operando en la oscuridad a un grupo de políticos priistas de Chihuahua que se manifestaron de la noche a la mañana por la reelección, trampolín que utilizó para maniobrar eventuales cambios a la Constitución.

Sus afanes, sin embargo, se vieron frustrados por su propio Secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios, quien apelando a la lucha independentista y a la revolucionaria sustentada en la no reelección, en el homenaje a Don Benito Juárez García, en el marco del aniversario de su natalicio, paró en seco el afán del ya para entonces enloquecido mandatario que llevaría al caos económico, político y social al país. 

Hoy el Peje hace historia.

Ya desde su sonado triunfo electoral del primero de julio del año pasado, con su consulta mano alzada, ese invento llamado Cuarta Transformación y el perseguir modelos continentales como los de Fidel Castro, Daniel Ortega, Hugo Chávez y Nicolás Maduro, ha dejado entrever que “con la Cuarta Transformación hemos llegado para quedarnos los siguientes 30 años”.

López Obrador, quien en los siguientes meses cumplirá 66 años, carga con un infarto, una fatiga extenuante y medicamentos de por vida, pero es más la vitamina “P” la que todos los día le suministra un pueblo desposeído y manipulado, la que le hace ver estrellas futuras.

En repetidas ocasiones, en modo alguno prohijadas por su propio grupo, ha recibido a gritos el “¡Queremos que te reelijas, Andrés Manuel!”, quien a cada lance nos devuelve un “¡No pretendo reelegirme!”.

Ha acudido incluso a testimonios notariales -al igual que en su momento lo hizo el dictador Nicolás Maduro, a quien un “pajarito” le dijo que tenía que seguir sirviendo a su pueblo “hasta el último día de mis fuerzas”- en aras de una justificación no creíble.

El notarial es una fe legal que acredita que no se reelegirá como si la propia Constitución de la República no fuera lo suficientemente clara en ese sentido.

Este fin de semana López Obrador, quien en su campaña presidencial “mandó al Diablo a las instituciones”, vino por novena ocasión a Veracruz –tercera reserva electoral de Morena- en donde se observó una embestida reeleccionista ya más formal.

Fue en Minatitlán.

En un mitin operado por Manuel Huerta Ladrón de Guevara, el Superdelegado que muere por sustituir a Cuitláhuac García cuando cumpla dos años de mandato y sea desplazado por su ineptitud para gobernar, “el pueblo” apeló en favor de la reelección de su procer Andrés Manuel López Obrador.

El Presidente, sin embargo, “con alturas de mira”, rechazó las peticiones de reelección de parte de animados minatitlecos.  

“Sufragio efectivo, no reelección”, les gritó dejándose querer, dejandose coronar con flores y ser abrazado y besuqueado por tremendas gordas morenas.

Habría que insistir en que apenas hace tres días había firmado ante notario público su compromiso de no intentar la reelección. Estaré “hasta el 2024 si el pueblo quiere y me lo permite la ciencia, la naturaleza y el creador”, aseguró entonces. 

Un día después el propio Presidente en esos mensajes en cámara lenta advertiría, en gira por Chiapas, “No soy tonto, soy colmilludo”.

Y ya en Veracruz, durante un discurso durante la firma del acuerdo de cooperación para el desarrollo entre México y Honduras, evento en el que estaba presente el Presidente hondureño, Juan Orlando Hernández, a quien obsequió millones de dólares, los asistentes pidieron al tabasqueño que se reeligiera para un nuevo periodo presidencial en 2014.

¿A qué tanta insistencia? ¿Por qué tanto manipuleo con el tema? Si tan solo bastaría con una orden presidencial de no tocar más el tema para que los organizadores de las huestes detuvieran la consigna.

Pero no. 

Demos gusto al jefe al fin, dicen sus seguidores, a fin y al cabo nuestro líder no se quiebra y se muere en la raya.

A lo mejor y sí.

Tiempo al tiempo.

*Premio Nacional de Periodismo