1959 AÑO DE LUTO NACIONAL EN LA CULTURA. (II)

Mtro. José Miguel Naranjo Ramírez.

Alfonso Reyes es de los mexicanos más universales, literalmente fue considerado un hombre sabio, si bien nunca se olvidó de nuestra cultura, historia e idiosincrasia, se dio el tiempo de recorrer y conocer muchísimas literaturas, todo este universo literario adquirido por el Maestro Reyes provocó que creara otro universo narrativo a través de su amplísima obra integrada por cuentos, crónicas, ensayos, teatro, poseía, memorias, realmente ingresar a la obra de Alfonso Reyes es zambullirnos en un mundo maravilloso, fantástico, creativo, genial, sorprendente, y esto lo podremos percibir cuando leemos uno de sus cuentos más celebres titulado: “La Cena.” 

El cuento lo escribió el Maestro Reyes en 1912, pero fue publicado hasta el año 1920. Algunos estudios literarios afirman que con este cuento Reyes se convirtió en uno de los pioneros del realismo mágico, e incluso otros críticos literarios han afirmado que el cuento representa lo que será el futuro movimiento literario surrealista. Por supuesto que este magistral cuento contiene de todo ello un poco, y seguramente influyó en el desarrollo de los movimientos antes señalados, porque ambos nacieron mucho después de “La Cena.”

Si le buscamos un poco hacia atrás, considero que: “La Cena” de Alfonso Reyes tiene una historia parecida a: “Los papeles de Aspern” del gran escritor Henry James. En ambas historias nos encontramos con tres personajes, por una parte dos mujeres encerradas en su mundo que representa el pasado, una de ellas es vetusta, ambas están olvidadas, y junto a ellas estará un hombre joven, fuerte, tal vez, apuesto, agregando que todo sucederá en casonas antiguas, con espacios misteriosos, y aunque al final, las historias se van por rumbos y temas diferentes, la estructura central de los cuentos son muy similares.

En “La Cena” nos encontramos con Magdalena y Amalia, estas enigmáticas y misteriosas mujeres invitaron a cenar a Alfonso:

De pronto, nueve campanadas sonoras resbalaron con metálico frio sobre mi epidermis. Mis ojos, en la última esperanza, cayeron sobre la puerta más cercana: aquel era el término. Entonces, para disponer mi ánimo, retrocedí hacia los motivos de mi presencia en aquel lugar. Por la mañana, el correo me había llevado una esquela breve y sugestiva. En el ángulo del papel se leían, manuscritas, las señas de una casa. La fecha era del día anterior. La carta decía solamente: Doña Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las nueve de la noche: ¡Ah, sino faltara!… Ni una letra más.”  

Hasta aquí la historia es clara, dos mujeres (madre e hija) invitan a Alfonso a cenar y él acepta ir sin saber quiénes son, al lector le pido que ponga mucha atención en las nueves campanadas sonoras que se escuchan al momento que Alfonso llega a la puerta.  

La historia continua y los tres personajes cenan e intercambiarán un dialogo donde todo gira sobre cuestiones comerciales, económicas, las mujeres se veían y sentían cómodas con la presencia de su invitado, Alfonso también estaba a gusto bebiendo bastante vino, no obstante, él sentía que ellas algo querían preguntarle, platicarle o transmitirle. 

Después, las cosas siguieron de otro modo. Todas las frases comenzaron a volar como en redor de alguna lejana petición. Todas tendían un término que yo mismo no sospechaba. En el rostro de Amalia apareció, al fin, una sonrisa aguda, inquietante. Comenzó visiblemente a combatir contra alguna interna tentación. Su boca palpitaba, a veces, con el ansia de palabras, y acababa siempre por suspirar. Sus ojos se dilataban de pronto, fijándose con la expresión de espanto o abandono en la pared que quedaba a mis espaldas, que más de una vez, asombrado, volví el rostro yo mismo. Pero Amalia  no parecía consciente del daño que me ocasionaba, continuaba con sus sonrisas, sus asombros y sus suspiros, en tanto que yo me estremecía cada vez que sus ojos miraban por sobre mi cabeza.”

A pesar de todos estos gestos, las mujeres no se atrevían a decirle nada a Alfonso, de pronto propusieron ir al jardín, este lugar era muy oscuro, y Alfonso por todo el vino tomado, lo aburrido de la compañía, lo enigmático de la plática de ellas, se quedó por un breve momento durmiendo, y medio adormilado escuchó la siguiente platica de las damas:

“– ¡Pobre capitán! –Oí decir cuando abrí los ojos –.Lleno de ilusiones marchó a Europa. Para él se apagó la luz. –Era capitán de artillería – me dijo Amalia –; joven y apuesto si los hay.  Su voz temblaba. Y en aquel punto sucedió algo que en otras circunstancias me habría parecido natural, pero que entonces me sobresaltó y trajo a mis labios mi corazón. En aquel instante alguien abrió una ventana de la casa, y la luz vino a caer, inesperada, sobre los rostros de las mujeres. Y – ¡Oh cielos! – Los vi iluminarse pronto, auténticos, suspensos en el aire – perdidas las ropas negras en la oscuridad del jardín – y con la expresión de piedad grababa hasta la dureza en los rasgos. Salté de mis pies sin poder dominarme ya.  –Espere usted –gritó entonces doña Magdalena –; aún falta lo más terrible.”

Le siguieron platicando la historia del capitán, aquel hombre que perdió la vista y se le había apagado la luz en Europa, sin embargo, lo verdaderamente terrible fue cuando Alfonso vio el retrato del capitán, resultó que era la imagen de él mismo, y el retrato tenía una dedicatoria y una firma: “La letra era la misma de la esquela anónima recibida por la mañana.” 

 

Encontrándose Alfonso espantado y horrorizado: “Corrí, a través de calles desconocidas. Bailaban los focos delante de mis ojos. ¡Oh, cielos! Cuando alcancé, jadeante, la tabla familiar de mi puerta, nueve sonoras campanadas estremecían la noche.”

Para finalizar dejo la siguiente pregunta abierta al lector: ¿Cuáles campanadas fueron las reales?  

 

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