Denise Dresser

La historia no se repite, pero sí instruye, escribe Timothy Snyder en Sobre la tiranía: Veinte lecciones del siglo XX. La usurpación del poder y la elusión de la ley por parte de un grupo o un individuo para beneficio propio daña a la democracia.

Y la nuestra es tan frágil que es imperativo alertar ante las amenazas, provengan de donde provengan, y eso incluye las acciones de un gobierno legítimo y popular. No pretendo argumentar que López Obrador está erigiendo una tiranía, pero sí asume posiciones que deberían preocupar; sí toma decisiones que deberían llevarnos a defender conquistas ahora amagadas desde el poder. Uno de esos triunfos es la evaluación autónoma e independiente de la política social para evitar su uso político-clientelar. Una de esos logros es la existencia del Coneval, que el Presidente ha contemplado desaparecer o estrangular presupuestalmente.

Embistiendo políticamente a la institución; acusándola de gastar mucho y producir poco; usando la información incompleta que le proveyeron para desacreditar a un órgano que ha demostrado profesionalismo e imparcialidad desde su creación. Coneval surgió como una demanda de la propia izquierda para que la sociedad pudiera contar con mediciones autónomas de la pobreza y evaluaciones independientes de los programas sociales. Para que no tuviéramos que depender sólo de lo que el Presidente dijera o sus subalternos presumieran. Para que no tuviéramos que conformarnos con cifras maquilladas o datos amañados o censos manipulados o padrones inexistentes. Y Coneval cumplió con su encomienda al evidenciar los problemas que tenía Progresa, las características clientelares de la “Cruzada contra el Hambre”, la mala metodología utilizada por el INEGI durante el peñanietismo para “disminuir” el número de pobres. Coneval entendió, como lo dijo su exdirector, Gonzalo Hernández Licona, que “la evaluación de la política social no era de cuates”.

Coneval lleva 13 años señalando lo bueno, lo malo y lo pendiente, con un presupuesto equivalente al 0.2 por ciento del gasto que hoy el gobierno destina a sus principales programas. Lo hace con una estructura burocrática pequeña, cuyos funcionarios están lejos de formar parte de la criticable “burocracia dorada”. Lo hace sin filias ni fobias. Entonces o AMLO miente o le informaron mal. O AMLO tergiversa o alguien le proveyó verdades a medias. Si la cruzada presidencial contra el Coneval no se justifica por su costo o por su desempeño, la descalificación revela otra intención. Este gobierno no quiere ser evaluado, medido, comparado o criticado. Actuará como quiera el Presidente o como disponga Gabriel García, el coordinador de Programas Integrales del Desarrollo. Actuará con un ejército de 17,500 “Siervos de la Nación” y operadores de Morena levantando censos y distribuyendo recursos por doquier, con un costo de 2 mil 576 millones de pesos, más de cuatro veces el presupuesto del Coneval. Actuará sin querer que nadie revise el diseño o el impacto de los 13 programas prioritarios de AMLO, 11 de los cuales que no estarán sujetos a reglas de operación.

La 4T dice que transforma cuando restituye, dice que avanza cuando retorna. Nos regresa a los viejos tiempos que la izquierda denunciaba y luchó para cambiar; esa era pre-democrática cuando presidentes como Carlos Salinas manejaban la política social discrecionalmente desde Presidencia, para armar clientelas en vez de construir ciudadanos; ese tiempo torcido cuando el partido hegemónico no permitía la evaluación autónoma de su desempeño, porque sabía que no estaba combatiendo la pobreza sino lucrando electoralmente con ella.

Precisamente porque “por el bien de todos, primero los pobres”, nos toca hacer una defensa robusta del Coneval. Para que la política social no sea determinada por los prejuicios del Presidente o el voto a mano alzada de los seguidores de AMLO. Para que sepamos si las Becas Benito Juárez -en las que se ha gastado ya más del doble de lo presupuestado- tienen la incidencia positiva que se prometió. Para que podamos medir y evaluar, auscultar y corregir. Como argumenta Snyder, las instituciones ayudan a preservar nuestra decencia pero no se protegen a sí mismas. Y por eso, aunque el graznar de los gansos sea ensordecedor, la voz de nuestra conciencia debe alzarse para defender a las instituciones que están piqueteando.